Leed
con atención lo que voy a relatar, un hecho absolutamente verídico que me
sucedió hace unas semanas en pleno centro de Estambul. Viernes noche, calle
peatonal, a escasos 50 m de la Plaza de Galatasaray, corazón del Estambul más occidental.
Sentado en la terraza de un bar, disfrutando de una cerveza, observo en la mesa
contigua como un individuo de rasgos turcos charla en inglés animadamente con
dos chicos y una chica que parecían ser estadounidenses. Al cabo de unos
minutos se une al grupo otro individuo con inequívoca fisonomía de la tierra,
que, al estar la mesa completa, educadamente me pide permiso para sentarse en
una silla de mi mesa. Lo hace, pero sin darme la espalda, es decir, se sienta
de lado a ambas mesas.
Los
dos tipos parecían hechos con molde: unos 30 ó 35 años, con un inglés
aceptable, correctos, perfectamente afeitados, pelo corto y peinado impecable
vestidos con chaqueta sport.
Dada
la posición que adoptó, era claro que su intención era entablar conversación
conmigo, y no tardó en hacerlo. Le indiqué que no me importaba que se girase,
dándome la espalda para atender mejor a sus amigos, pero insistió en continuar
la charla. Me comenta que son de Ankara, pero que les gusta escaparse los fines
de semana a vivir la noche de Estambul, lo más parecido a Europa que se puede
encontrar en Turquía. El caso es que, al apercibirse de que yo iba solo, me
animan a que me una al grupo, ya que ellos conocen sitios de moda donde tomar
una copa. Esta invitación no me sorprendió, puesto que ya en otros países me
había unido a gente de la ciudad, e incluso en España he procurado ser sociable
con extranjeros.
Cuando
nos levantamos de la mesa, los yanquis se despiden, y los dos sujetos me llevan
a un garito, a sólo unos metros, que prácticamente hace esquina con la Plaza de Galatasaray, llamado "Grand Hisar". En el momento de entrar, había una actuación en vivo de
música típica turca. Llega el camarero, y pedimos las bebidas, un turco toma
cerveza, el otro raki, y yo me pido otro. No pasa más de un minuto cuando se
aproximan a la mesa, acompañadas de una especie de maître, tres chicas de
aspecto eslavo, que tal como me temí inmediatamente, resultaron ser tres
ucranianas putas, (que no tres putas ucranianas, matiz importante, pues no
tengo nada en contra de las chicas procedentes de este país del Este). Por
supuesto, sin pérdida de tiempo, el susodicho maître solicita bebida para las
putas, y tras insistirme en qué tomaba la *** que se había sentado a mi lado,
le dije que no tenía ninguna intención de pagar bebida alguna. Dado el
resultado de la operación, al minuto se levantan y son reemplazadas por otro
trío, pues debieron entender que no me agradaba la *** que me había
correspondido en un principio, (que estaba bastante buena, todo sea dicho).
Viendo
que la situación se ponía algo más que incómoda, alegué que tenía que madrugar
y debía irme al hotel. Momento en que uno de los turcos me dice que bien, pero
que teníamos que pagar la cuenta a medias. Hete aquí que el maître trae una
nota por un importe total de 600 liras turcas, unos 400 €. Le dije al morito
que se habían pasado un poco, e inmediatamente traen otra cuenta que rebaja a
la mitad el importe.
Me
levanto, me dirijo con el morito hacia una especie de apartado junto a la
salida y me veo rodeado por al menos dos moros más. La cosa se ponía fea.
Después de un tira y afloja, les comento que sólo había consumido una copa de
raki (que en un sitio caro puede costar 10 liras turcas), y que eso era lo que
iba a pagar. Bueno, pues me dicen que de acuerdo; su importe: 90 liras turcas,
o sea, unas siete mil pelas de antes. Me meto la mano en el bolsillo y saco 30
liras, todo lo que llevaba, pues tengo la precaución de no llevar mucho dinero
encima en previsión de situaciones como esta. Me miran con muy mala cara y uno
hace el gesto de cachearme, le paré inmediatamente apartándole la mano, e
insistiendo en que no tenía más dinero.
Aún
ahora, cuando recapacito sobre lo sucedido, no me explico cómo no acabé en un
sucio callejón del pestilente Estambul, apaleado y malherido, en el mejor de
los casos.
Tuve
mucha suerte. Tened cuidado, no es fácil subirse al Expreso de Medianoche, y yo
tuve la fortuna de hacerlo.