Por Daniel Landa
El control de aduanas se encontraba junto a un río cuajado de hipopótamos. Hileras de personas entraban y salían cargando sacos, cajas, cosas. Habíamos decidido en el último momento cruzar la frontera para conocer Mozambique y allí estábamos, bajo un cielo gris, conduciendo por caminos nuevos que no podían ocultar la miseria reinante. El concepto de “chabola” desaparece cuando se convierte en la vivienda típica. Pueblos enteros se refugian bajos los plásticos que cubren las paredes desdentadas del hogar.
Desaparecieron las iglesias holandesas y los centros comerciales, no quedó ni rastro de los barrios con jardines sudafricanos. La lluvia mojaba los campos y a sus pastores mientras llegábamos a la capital del país.
Los vertederos junto a las carreteras y las manadas de perros callejeros eran símbolos inequívocos de pobreza. El barro y el agua estancada en las alcantarillas ensuciaban la ciudad y el aspecto de Maputo era inevitablemente caótico. La arteria principal estaba en obras y una zanja dividía la avenida provocando un atasco permanente. Los vendedores ambulantes estaban por todas partes y en cada semáforo nos abordaban con teléfonos móviles, máscaras artesanales, camisetas o frutas. Tardamos un buen rato en encontrar un hotel.
El sonido de los cláxones chocaba con la parsimonia de los viandantes que cruzaban la calle en cualquier momento, sin mirar a los lados, con una indiferencia robótica. La sociedad parecía instalada en el desconcierto pero había algo que suavizaba aquella anarquía: el idioma. Agradecimos el reencuentro con el portugués y en un restaurante céntrico nos atendió un camarero sonriente, que bromeaba con la misma alegría de los brasileños.
Esa misma noche salimos a deambular por las calles conscientes de que Maputo era una escala efímera. En el puerto se encendían las luces de los barcos y varias filas de palmeras, que no entienden de pobreza, crecían enhiestas decorando el paseo marítimo. La brisa del Índico y la ausencia de tráfico nos otorgaron una tregua del trajín del resto de la urbe.
A la mañana siguiente sacamos las cámaras bajo un sol mucho más amable que los nubarrones. Recorrimos una ciudad envejecida donde los escasos edificios coloniales que han sobrevivido al paso del tiempo parecen cadáveres de una época que se extinguió. Hay contadas excepciones. La estación de tren aún mantiene cierta solera y en su interior permanecen expuestas las locomotoras en las que antaño viajaban los portugueses expandiendo sus colonias. Otro de los emblemas de Maputo es el impecable Palacio de Gobierno, donde el presidente puede olvidarse de que está al mando de uno de los países más pobres del mundo.
Hemos ido aprendiendo a lo largo del viaje que para pulsar la realidad de las sociedades conviene siempre acercarse a sus mercados. Sobre un terraplén irregular, algunos mozambiqueños han formado un laberinto de postes y plásticos bajo los cuales venden su mercancía, sus sacos de arroz y harina, sus hortalizas y dulces o sus esterillas de esparto. El río de gente era incesante y Alfonso y yo nos adentramos con cautela tratando de no llamar la atención, lo cual era imposible. Al montar la cámara sobre el trípode algunos hombres se mostraron recelosos, las mujeres sonreían tímidas o nos despachaban con gestos molestos. La integración en esas ocasiones resulta muy complicada, la distancia que ellos sienten con respecto a nosotros se traduce en una desconfianza inmediata y hay que tratar de conversar, bromear o sonreír, según el caso. Cuando se viaja pegado a una cámara es difícil no sentirse un intruso.
Nos acercamos a las playas que rodean la ciudad para contrastar ambientes. Comprobamos durante el camino que los ricos viven, claro, dando la cara al mar y la espalda a los mercados callejeros. Condujimos varios minutos hacia el norte, donde los barrios se edifican con chalets amurallados y alcanzamos una playa desierta en la denominada “Costa del Sol”, que allí también tienen. Sobre la orilla sólo vimos las barquitas de los pescadores, pintadas de colores vivos a la sombra de los palmerales. Atardecía y robamos al mar unos últimos planos.
Nunca nos propusimos mostrar la capital de Mozambique como destino turístico pero, si queríamos empezar a contar realidades africanas, Maputo era un buen contraste a nuestra travesía anterior. Yo sentía, sin embargo, una curiosidad especial por descubrir esa otra nación que pasa casi de puntillas por los mapas, cuya frontera se encuentra sólo a setenta kilómetros de Maputo.
Suazilandia tiene un nombre como inventado y una historia de reyes legendarios. Su tamaño es tan discreto que cuando cruzamos la frontera ya estábamos cerca de la otra punta. El Parque Nacional Hlane fue nuestra primera parada en un país que estaba a punto de cautivarnos. La reserva natural más importante de Suazilandia carece de la riqueza animal y proporciones del Parque Kruger pero no pudimos resistir la tentación de un nuevo encuentro con la fauna salvaje. Hlane parecía una finca grande más que un parque nacional, vimos contados turistas y en el restaurante el servicio nos brindó un trato familiar. Nos presentaron al guía y subimos a un todoterreno descapotable, que me provocaba una constante sensación de inseguridad.
Nuestro guía se llamaba Pashi. Era un joven nativo del lugar al que se veía encantado de llevar a periodistas extranjeros. Conducía con destreza y hablaba sin parar de las especies que habitan el parque. Casi de golpe dimos con un grupo de animales que no habíamos visto en Kruger. Una manada de rinocerontes blancos permanecía tendida a la sombra de unos árboles. Yo no sé si Pashi quería ganarse una buena propina o simplemente era un insensato, lo cierto es que se bajó del coche y nos pidió que hiciéramos lo mismo. Aunque dudamos un instante, confiamos en la experiencia de aquel tipo. El guía se acercó a los rinocerontes y lo seguimos con sigilo. Me paralizó ver cómo aquellas bestias se incorporaban con estruendo a tan sólo diez metros de distancia. Eran unos seis o siete ejemplares que nos miraban fijamente con esos cuernos del tamaño de una espada, con esa piel blindada y esos bramidos prehistóricos. Alfonso grababa la escena sin respirar y yo aproveché el momento para entrevistar a Pashi en susurros. Me explicó allí mismo los diferentes tipos de rinocerontes. “El blanco -decía- es el mayor de todos, tiene un morro más ancho y lleva la cabeza baja, casi a ras de suelo”. Yo sólo pensaba: “¿y eso no me lo podrías contar dentro del coche?”
Los rinocerontes se retiraron con parsimonia y durante un rato los acompañamos en paralelo. Más allá de la palpitación que provoca caminar junto a una manada de rinocerontes blancos, aquella escena transmitía un poderío extraordinario. Se fueron alejando poco a poco dejando a su paso un crujido de ramas secas.
La experiencia nos había impresionado, pero íbamos a tener más encuentros salvajes. Pashi tardó un buen rato en localizar a los leones y le rogamos que se acercara cuanto fuera posible. Nuestro guía parecía estar de buen humor y accedió a saltarse algunas normas, otra vez. Se salió del camino y condujo el todoterreno hacia los leones. Cuando apagó el motor estábamos a unos tres metros de ellos. Habíamos retirado la lona que cubría el vehículo para poder grabar con más libertad pero en aquel momento nos sentimos al descubierto, rodeados de miradas felinas.
Dos cachorros jugaban con un león resignado al vaivén de los pequeños y sólo la madre parecía inquietarse con nuestra llegada. La leona se levantó y anduvo de un lado a otro escrutando aquel animal con ruedas en el que viajábamos. Pashi decidió que la presencia de los cachorros podría tensar el ánimo de la devota madre y nos alejamos de allí.
Aún tuvimos tiempo de rematar la jornada con el mayor de los mamíferos terrestres. Un elefante enorme irrumpió en el camino y olisqueó el vehículo alargando su trompa. Tanto se acercó al coche que José Luis pudo fotografiar con detalle sus orejas descomunales, su cabezota serena, su ojo arrugado.
Pashi se había ganado una buena propina. Nosotros dejamos el parque seducidos ya por la aventura de descubrir Suazilandia. Circulamos por carreteras bien asfaltadas que atravesaban pequeños montes verdes, siempre verdes. No habíamos recorrido cien kilómetros cuando alcanzamos la mayor ciudad del país. Manzini es una localidad agradable que se extiende en las laderas de los cerros. Sus cien mil habitantes están acostumbrados a un clima templado, al orden de sus avenidas, a los jardines. Suazilandia se parece a Sudáfrica por el desarrollo de las infraestructuras, la prolijidad de los barrios, la economía de las familias. He de confesar que no esperaba encontrarme un país tan moderno, tan cómodo. Nos alojamos en un lodge, que es un concepto híbrido entre hostal y apartamento, una forma de hospedaje cada vez más extendida.
A menos de media hora de Manzini se encuentra la capital, Mbabane, entre las montañas de perfiles suaves… y verdes. Hicimos de Mbabane un centro de operaciones desde donde dirigirnos a lugares con más interés. La oficina de turismo nos buscó una guía local llamada Nonfundo, un nombre que me pareció desafortunado para aquella muchacha de ojos alegres.
Nos aconsejó Nonfundo visitar la Aldea Cultural de Mantenga, denominación que describe el artificio de un pueblo creado al estilo tradicional de los antiguos pobladores de Suazilandia. Todos los días, varios jóvenes desempolvan los tambores y las lanzas para ofrecer a los turistas un espectáculo de bailes típicos del país. Las voces a coro de las mujeres nos transportaron al África profunda. Era hermoso ver el colorido de trajes y escudos, las pieles cubriendo las pantorrillas de los hombres y las telas rojas los cuerpos de las mujeres. Ellos danzaban con violencia y ellas con soltura. El resultado era vistoso y Alfonso no dejó de grabar los pies descalzos, las patadas al aire, la sensualidad de las jóvenes suazis, con sus trenzas decoradas con colores vivos.
Después de los bailes visitamos el pueblo y uno de los jefes de la comunidad llamado Albert me invitó al interior de una de esas cabañas que tienen la puerta minúscula para evitar el abordaje de los enemigos. Luego me animó a vestirme al modo de los nativos y aunque todo respondía a una estrategia turística, me dejé convencer. Alfonso sostenía la cámara esbozando una sonrisa al verme con la lanza, el escudo, las plumas y los collares. Albert se esforzaba en hacerme entender la importancia de la simbología, el rango de las plumas, la dignidad del escudo.
Poco después coincidimos en la aldea con un anciano que vestía una peluca extraña, de lana trenzada. Los habitantes de mayor edad hablan el inglés con dificultad y apenas entendíamos al hechicero de Mantenga cuando nos ofreció en otra cabaña un ritual de tabas, objetos y especias que revolvía sin cesar, hablando de supersticiones y propiedades curativas. Me sorprendió la fe que depositaba aquel hombre en sus fetiches y en sus plantas y me conmovió su sonrisa sin dientes cuando le despedimos.
Albert nos invitó a compartir con él y algunas mujeres una suerte de pasta de vegetales que degustamos bajo un árbol. Tras el almuerzo acabamos jugando al fútbol con los niños del lugar. La naturalidad con la que los suazis nos invitaban a comer o nos retaban a un partido hacía de este pueblo un lugar cercano.
Nonfundo insistió en llevarnos al Museo Nacional de Suazilandia. Se trata de un recinto modesto inundado por imágenes del Rey Mswati III, al que los ciudadanos profesan una devoción sin límites. Según nos explicó nuestra guía, causa especial furor entre las jóvenes que encuentran en el monarca un atractivo irresistible. Me resultaba ilógico que muchas de las mujeres suazis, de cualquier posición social, soñasen con formar parte del harén del rey, pero así era. La poligamia está permitida en Suazilandia y el rey es su mejor representante, con más de cuarenta esposas.
El Rey Mswati III es una figura omnipresente en los informativos, en los diarios, en las paredes de las viviendas comunes, en las postales y en el corazón de las muchachas. Quisimos acercarnos a los palacios de Lobamba, la localidad donde vive la numerosa familia real, pero sólo pudimos acercarnos a la verja infinita que separa el mundo de los mortales de los placeres reservados a la realeza.
Nos faltaba palpar la realidad tribal de Suazilandia. Hasta ahora habíamos sido testigos de la historia escrita en el museo y de las costumbres vivas de Mantenga, pero éramos conscientes de que se trataba tan sólo de una ilusión más comercial que otra cosa. Me desalentaba comprobar que no quedaba nada de los pueblos rurales donde los hombres se vestían con pieles y las mujeres se adornaban la cabeza con plumajes. No podíamos inventar realidades y si Suazilandia se había convertido a la modernidad era eso lo que debíamos reflejar, aunque en el fondo intuía que había algo más romántico que las autopistas que cruzaban aquellos montes.
Madrugamos a la mañana siguiente y salimos a la desesperada, buscando escenas que representasen ese reino olvidado del sur de África. Preguntamos a los lugareños, visitamos aldeas y desandamos caminos. Fue entonces cuando por casualidad descubrimos un grupo de gente con atuendos pintorescos en la ladera de una colina. Aparcamos el coche junto a un camino y aquellos hombres no tardaron en hacernos gestos para que les acompañáramos. La atmósfera era festiva y sonreían animándonos a compartir con ellos los preparativos de una boda tradicional suazi. Los habitantes del reino de Suazilandia volvían a demostrar su hospitalidad y nosotros estábamos entusiasmados observando el aspecto teatral de los invitados. Las mujeres se cubrían con las togas rojas decoradas con fotografías de Mswati III. Los hombres desnudaban el torso mostrando con naturalidad las lanzas y los escudos tapizados con piel de vaca en distintas tonalidades claras y oscuras, representando la convivencia de los pueblos. Las adolescentes se cubrían tan sólo con collares y decoraban sus peinados con lazos azules, rojos y blancos. Sobre los pies descalzos algunas se ataban en los tobillos una cadena con cascabeles para armonizar los bailes.
Les seguimos hasta una explanada donde los patriarcas de las familias pronunciaron sus discursos empuñando las lanzas frente a los más de doscientos invitados. Se trataba de una boda importante y la estampa era más solemne que bélica. Las familias de los novios permanecían separadas por una distancia reverencial que se disipó a la hora de las danzas. Niños, jóvenes y ancianos se integraron con una sola voz improvisando el repertorio de canciones de sus antepasados. Se ordenaron a lo largo de aquella explanada como si lo hubieran ensayado durante meses. Los bailes se sucedían durante horas y las mujeres fueron despojándose de sus camisas, buscando en su desnudez la comunión con la naturaleza, el orgullo de su raza.
Alfonso grababa la celebración con la bendición de los presentes, que se mostraban complacidos por el interés de los extranjeros en sus tradiciones. Incluso nos animaban a intervenir. Un joven le propuso a José Luis que eligiera una joven para cortejarla. Fue escoltado por dos hombres portando la lanza y el escudo nacional que postró a los pies de la elegida, luego se retiró bailando como exige la tradición. Hubo risas y aplausos, pero no prosperó la relación.
Las bodas duran aquí tres días y todo se hace sin prisas, las danzas se prolongan hasta la noche y sólo entonces preparan sus licores, que beben con calma en la madrugada. Según decían esa misma noche iban a sacrificar una vaca, regalo de la familia del novio a todos los comensales. Esperamos varias horas hablando con los invitados. Los niños nos hacían preguntas espontáneas a las que respondíamos divertidos y algunos hombres nos ofrecían el mejunje espeso con el que alegraban el espíritu. Era tarde cuando un grupo de jóvenes amarraron la vaca a un árbol. Uno de ellos trepó por el tronco y apuntó con una lanza a la cerviz del animal, que seguía pastando como si tal cosa. Pobre vaca. Fue un espectáculo sangriento en el que la vaca aún mugía cuando la degollaban.
Acudimos al mismo lugar al día siguiente. Según dicta la tradición, la novia pasa la noche en vela llorando por la vida que está a punto de dejar atrás. La mayor parte de los derechos de la mujer se anulan en el casamiento y ha de penar por la pérdida de esa libertad. Varias mujeres arropan a la novia en el llanto y a primera hora de la mañana fuimos testigos de aquellos sollozos, un tanto fingidos por otra parte. Creo que hasta en eso fueron generosos los suazis y nos brindaron las últimas lágrimas para que pudiéramos retratar toda la ceremonia. El marido sin embargo no lloraba. Los hombres, lejos de renunciar a sus privilegios, los acumulan. De hecho, la desdichada novia que se lamentaba hasta el alba se convertiría sólo en la segunda esposa.
Hubo intercambio de regalos aquel día y la explanada verde entre los cerros se cubrió de ofrendas. A la novia la ungieron con tierra, pues sólo bajo tierra tendrá fin el matrimonio. Las mujeres preparaban el arroz y los hombres cocinaban la carne, es decir, la vaca. Después de comer se reanudaron los bailes y todos participaron de la fiesta.
De entre todos los invitados había un joven que llamaba la atención por su porte altivo, sus pupilas enormes color miel, sus plumas rojas y su atuendo impoluto. Era un príncipe, un hombre de la realeza con un hablar pausado y elegante que nos embaucó. Se llama Sihle Dlamini, un apellido de sangre azul. Las plumas rojas representaban su estatus pero en su oratoria estaba realmente el príncipe. Hablaba con orgullo pero sin soberbia de la historia de su país y presumía con sobradas razones de la herencia pacífica de su pueblo. Apenas hay delitos en Suazilandia y ya habíamos comprobado la amabilidad de sus gentes, la ausencia de racismo y la concordia entre los vecinos.
Agradecimos a la pareja de recién casados su hospitalidad y José Luis les regaló algunas fotos que realizó durante la celebración. Nos habíamos sentido tan cómodos en este país que nos costaba encarar el camino de vuelta a Sudáfrica. Cuando se abrió la barrera de la frontera se esfumó la atmósfera risueña de Suazilandia.
Dormimos en un motel de carretera antes de seguir camino hacia Kimberley. El paisaje ya había perdido la gracia de los montes verdes y condujimos con la monotonía de las extensiones áridas del norte del país.
Al entrar en Kimberley tuve la impresión de que había algo distinto con respecto a otros lugares de Sudáfrica. Sus plazas mantienen un estilo colonial anglosajón, con el encanto de los edificios antiguos. Las iglesias lucen grandes relojes y hay terrazas en las calles, pero el resto de la urbe se ha rendido a las avenidas impersonales y a la simetría con que se trazan los planos de las ciudades nuevas, muy funcionales y muy insulsas.
El verdadero encanto de Kimberly ha brillado durante décadas bajo tierra. Los diamantes han escrito la historia de una ciudad que en lugar de crecer hacia lo alto o expandirse hacia fuera, prosperó hacia abajo, excavando la tierra bendecida por esas piedras transparentes que dan lustre a las coronas de las reinas.
El Big Hole (Gran Agujero) da nombre a una antigua mina de diamantes. Hoy sólo queda un vacío de un kilómetro y medio de diámetro y un precipicio en vertical. Al borde de la mina se ha levantado el Hotel Protea, con sus molinos de viento, su biblioteca y las fotografías en blanco y negro de los primeros buscadores de fortuna.
La mina es hoy un museo excepcional que ofrece un paseo por la primera aldea levantada en torno a los diamantes. Siglo y medio después es posible visitar el antiguo ferrocarril, las zapaterías y tiendas de la época o las casas de los dueños de la mina. Incluso permanece intacta la maquinaria de extracción de la Compañía Beers, que en 1887 compró a un granjero el terreno donde hacerse multimillonarios. El complejo del “Big Hole” permite también el acceso a un mirador desde donde observar las dimensiones de la excavación a cielo abierto. Era impresionante, pero lo cierto es que contemplar un hoyo, por muy grande que sea, no lleva más de cinco minutos
A las afueras de la ciudad y ajenos al magnetismo de los diamantes habitan los flamencos. Empiezan a fascinarme estas aves capaces de volar sobre los manglares de Yucatán, las lagunas del altiplano de Bolivia o junto a las minas de diamantes de Sudáfrica. No quisimos privarnos de la imagen siempre abrumadora de una nueva colonia de flamencos rosas. Después salimos en dirección sureste.
Teníamos en mente un destino poco convencional. El reino de Lesoto forma un bastión independiente en territorio sudafricano. A diferencia de Suazilandia, la historia de Lesoto se ha forjado con la sangre de los guerreros. Hace dos siglos, muchas de las tribus de esta región del mundo huyeron, se disgregaron o se refugiaron en las escarpadas montañas de lo que es hoy Lesoto. Un tal Moshoeshoe, de la estirpe de los sotho, consiguió unificar los diferentes pueblos y se proclamó rey, que es lo que se llevaba, pero las luchas se sucedieron durante décadas. Los británicos denominaron Basutolandia a ese territorio y lo incorporaron a sus colonias en 1868. A mitad del siglo XX, los sudafricanos también reclamaron la soberanía de una región encajada en sus dominios, pero los sotho combatieron los preceptos del apartheid y las tensiones duraron muchos años más. El 4 de octubre de 1966 se constituye el estado independiente de Lesoto, que significa literalmente “los que hablan la lengua sotho”. Y aunque durante mucho tiempo éste ha sido un terreno de conflicto, británicos y sudafricanos han decidido ya dejarles en paz en sus montañas, que allí de todas formas resulta difícil vivir.
Y eso es lo que encontramos nosotros, un país abandonado, con los tataranietos de aquellos guerreros errantes pastoreando el ganado en las sierras más frías del continente.
Su capital, Maseru, está al otro lado de la frontera. Ya había caído el sol cuando deambulamos sin rumbo por sus primeras calles en busca de un hotel. La ciudad es fea, caótica y especialmente sombría aquella noche por culpa de un apagón que dejó sin luz a todo el centro urbano.
Descansamos en un lugar apartado con la intención de salir a recorrer el país al día siguiente, lo cual no era descabellado dadas las proporciones de Lesoto. La oficina de turismo estaba cerrada y los datos que teníamos eran confusos, pero si queríamos ir al encuentro con la esencia de esta tierra había que viajar hasta las montañas. La dueña del hostal me habló de un lugar mágico donde familias enteras viven en cuevas excavadas en la ladera de una montaña. No acertaba a decirme con exactitud dónde se encontraba ese pueblo de fábula pero señaló algún lugar en la carretera que cruza el norte del reino.
La lluvia nos acompañó durante algunas horas por valles donde brotaban aldeas medievales. Avanzábamos despacio, absortos por la imagen bucólica de esos pueblos. La mayor parte de las viviendas son casitas cilíndricas de adobe con un techo cónico de paja, a las que llaman mohorros. De vez en cuando, algún hombre se asomaba a la carretera cubierto por una manta. Todos las utilizan aquí para protegerse del frío, en el campo, en las casas, o en los pequeños restaurantes de las poblaciones más grandes. Nos adentramos en una aldea que nos pareció especialmente pintoresca. Sus habitantes salían a recibirnos con timidez y la comunicación en inglés sólo era posible con algunos jóvenes. El resto, haciendo honor al nombre de su patria, se limitaba a hablar sotho.
Junto a los maizales humeaban los mohorros. Decidimos utilizar la grúa para recoger mejor la belleza campestre del lugar. Los árboles anaranjados y amarillos disfrazaban la pobreza junto al adobe decorado con filigranas en las pequeñas viviendas. Los niños se divertían viendo el equipo de cámara y las fotos que les hacía José Luis. Las mujeres se acercaban curiosas con sus bebés a la espalda y sus vestidos de colores y sus mantas.
Tratábamos de acercarnos a sus costumbres, queríamos verles en su vida cotidiana, pero nuestra presencia, como en los mercados de Maputo, irrumpía en su día a día y entonces niños, mujeres y ancianos se paralizaban. Posaban delante de la cámara, ellas luciendo su mejor sonrisa y ellos estirados tanto como podían. Eran cuadros vivos, expresiones del campo donde habita la mayor parte de la población sotho. Si bien José Luis encontró en ellos estampas perfectas para sus fotografías, la cámara de vídeo reclamaba más acción.
Una mujer nos abrió las puertas del hogar. El interior del mohorro nos recordaba inevitablemente a los gers de los nómadas del desierto. El habitáculo no tendría ni veinte metros cuadrados pero los muebles y la decoración estaban dispuestos en un orden escrupuloso. Eran casas humildes sin diferentes estancias ni cuarto de baño, pero conseguían crear un ambiente acogedor para soportar el invierno.
Los aldeanos nos exigían por sistema una cuota por derechos de imagen y era complicado satisfacer a todos aquellos a los que retratábamos. Nos resultaba imposible pagar a cada persona que apuntábamos con las cámaras y negociamos con el responsable de la aldea un precio global. Entiendía la necesidad de esas gentes y su oportunidad de sacar algún partido de nuestra indiscreción, pero ellos jamás comprendían, por mucho que se lo explicáramos, que nosotros sencillamente estábamos trabajando.
Seguimos camino hacia Leribe, y cruzamos de largo Butha Buthe, que son algunas de las “grandes” poblaciones de este reino apartado. Preguntamos allí por las familias que viven en las rocas de las montañas pero todos se encogían de hombros. Pasamos de largo sin tiempo para recrearnos en el trajín de hombres con mantas que invadían los mercados. Nos deslumbró la presencia de una mina encendida por un mar de redes eléctricas junto a un pueblo que se consume a la luz de las velas. A medida que ascendíamos entre montañas los valles perdían la alegría de los árboles, el viento soplaba con más fuerza y la roca conquistaba el paisaje.
Entonces apareció la nieve y aquello dejó de ser África. Habíamos superado cotas de tres mil metros y aunque no era temporada de invierno algunos neveros revelaban la inclemencia del clima. Nos alojamos en el único lodge de la zona, un lugar reservado a los esquiadores sudafricanos cuando empiezan las nieves de junio y a moteros excéntricos el resto del año. Volvimos a insistir preguntando por aquella población que habita en cuevas primitivas pero ni los inquilinos ni los empleados del lodge sabían nada de ese lugar. Empecé a sospechar que se trataba de una leyenda o de la enredada imaginación de la responsable del hostal en Maseru. Era absurdo seguir la ruta hacia ninguna parte y decidimos dar por concluida la búsqueda. Nuestra habitación tenía forma de mohorro y al encender la estufa recordamos de pronto que -excepto por la incursión antártica y en algunos puntos del altiplano y la Patagonia- llevábamos desde Seattle un año de verano.
Dedicamos la jornada entera en regresar a Maseru. Habíamos conseguido un material interesante cargado de retratos y aldeas, de campesinos un tanto estáticos y de montañas. Era momento de dejar el país pero antes quería rematar la grabación con unos planos de la capital. Dejé a Alfonso con la cámara en una plaza central de Maseru y fui a comprar unas postales, manías de coleccionista. La tienda era modesta pero contaba con mapas y libros sobre los paisajes del reino de los sothos. Hojeé algunas páginas y entonces la vi: una fotografía espléndida de varias viviendas excavadas en una roca. ¡Existía! La imagen mostraba además los escalones de piedra blanquecina que daban acceso a las viviendas por las que se colaban los vecinos con sus mantas. El pie de foto informaba de que la aldea se encontraba cerca de una localidad llamada Sefikeng. Pese a la lluvia incipiente, decidimos darnos una última oportunidad.
Al parecer las grutas no estaban demasiado lejos de Maseru, pero desde luego se encontraban al sur, exactamente en la dirección opuesta a la que nos había enviado la chica del primer hostal. Recorrimos los caminos hacia el interior del país confundidos por la nula señalización de las rutas. “Kome Cave” indicaba un cartel solitario pero luego el camino se bifurcaba y había que arriesgar, derecha o izquierda. Los lugareños de Sefikeng jamás habían oído hablar de las grutas. Nos desesperaba la falta de información. Al final de un camino de piedras, preguntamos a una maestra. La señora no dudó en guiarnos ella misma por una senda que se perdía al fondo del valle. Continuamos solos varios kilómetros y descendimos por una escalera de piedras que rodeaba unas rocas. Y allí estaban, por fin, nuestras grutas escondidas.
Nos escoltaron varios niños correteando a nuestro alrededor. Saludamos a una de las vecinas sin dejar de mirar las casas. La aldea se encuentra al abrigo de una mole de roca inclinada hacia fuera, lo que les protege de la lluvia. En total hay ocho viviendas cavadas en la pared de la montaña. Cada casa cuenta con una entrada semicircular que se empotra en la roca. Las puertas están rematadas por un marco de cemento pintado de naranja y las viviendas poseen incluso un pequeño espacio exterior, un porche rodeado de mimbre donde secar la ropa o se sientan a contemplar el valle que se abre frente a ellos. Las construcciones tienen más de un siglo de antigüedad y como sus primeros pobladores, los inquilinos de hoy carecen de agua caliente, luz o ventanas y el interior de las viviendas transmite una inevitable sensación de claustrofobia. Las cuevas tienen un espacio minúsculo donde distribuyen su cama y su hornillo portátil, con sus prendas de abrigo y sus velas ordenadas. Habíamos visto antes un hogar parecido. Casi un año había pasado desde que visitáramos a la anciana de las sierras de Chihuahua que se negaba a dejar la gruta donde se había criado. En Lesoto, estas cavernas tienen más humanidad o al menos eso nos pareció por la compañía de los vecinos, la limpieza de los porches, las risas constantes de los pequeños.
Mientras Alfonso grababa “Kome Cave”, yo entretenía a los niños y disfrutaba, creo, más que ellos. La mayor parte pasaba sus noches al refugio de la piedra de la montaña. El resto venía de aldeas cercanas. Itumele, Cristina, Lucía, Florinda, Silfie, Dresie, Francis…almas libres a las que, como comentaba José Luis, imaginamos escuchando las historias de la abuela junto a un fuego antes de retirarse a la cueva. Nos conmovieron estos niños de entre cuatro y doce años, que hablaban con naturalidad de su casa, divertidos por la admiración que nos causaba. Cuando terminamos la grabación, los niños nos guiaron hasta lo alto del camino. Saltaban con destreza y en su alegría se disimulaba el drama de pies descalzos, mantas roídas y piernas escuálidas. Hacía frío y los más pequeños tiritaban sin dejar de jugar a cualquier cosa, cantando y bailando por las sierras de Lesoto, ajenos al mundo donde se merienda viendo la tele, donde se calzan zapatos con cordones y donde no se vive en cavernas primitivas. Era tan radiante su presencia que las cuevas dejaron de ser moradas lúgubres. Los niños… siempre los niños atizando las conciencias.
Esa misma noche dejamos el país. Hubo más silencios que otras veces.
La grabación de aquel día nos había retrasado y decidimos recortar camino sacrificando horas de sueño. Condujimos toda la noche, por turnos, hasta alcanzar la costa sur de Sudáfrica. Amanecía en Port Elizabeth y la temperatura nos devolvió a ese verano que parecía eterno. Antes de que abrieran los comercios llegamos a Jeffreys Bay. Nos alojamos en un chalecito con jardín a cien metros de las playas más concurridas del país. El sol me desveló y preferí pasear por la arena antes que ir a dormir y perderme uno de los paraísos del surf mundial. Alfonso, por supuesto, me acompañó. Habíamos dejado las cámaras para caminar ligeros por el paseo marítimo, sin pensar en más encuadres que aquellos que brinda el mar. Me hablaba Alfonso de la fuerza de los vientos, de los tipos de olas, de cómo aprovechar la inercia del mar sobre una tabla. Durante un rato observamos a los surfistas y noté que mi operador de cámara tenía que frenar el impulso de perderse en aquellas aguas.
Hacía dieciséis horas que habíamos dejado un pueblo excavado en la roca y ahora contemplábamos las playas de Jeffreys Bay a más de 700 kilómetros.
Nos concedimos todo el día para recuperar fuerzas y afrontar la que consideramos, de forma unánime, la mayor locura de los últimos meses -quizás del viaje entero-. En algún punto al Oeste de Jeffreys Bay se encuentra el Puente sobre el Río Storms. Está encajado en un cañón formidable, tiene forma de U invertida y sostiene una carretera que se eleva a 216 metros del suelo. Pues bien, a algún demente se le ocurrió instalar allí una base para practicar el puenting a mayor altura de todo el planeta y habíamos decidido probarlo.
Me concentré en el salto que tuvimos ocasión de dar en Acapulco, pero no encontré alivio alguno a mi angustia. Entonces eran 50 metros. La caída libre era ahora cuatro veces mayor. Como hiciéramos entonces, José Luis grababa con una cámara y Alfonso con la otra. La visión del puente en la distancia ya resultaba paralizante. Para llegar al punto de “lanzamiento” había que descender en una tirolina desde un costado del puente. El cable de acero me transportó entre los pilares de aquella obra de ingeniería, un aperitivo de adrenalina. Nos acompañaba una pareja de valientes. A ella la noté desenvuelta, incluso confiada, y a él, bueno, a él lo veía como yo. Mal.
Llegó mi turno. Me amarraron los pies a la cuerda elástica. Los monitores de la atracción me ayudaron para que pudiera incorporarme que era lo último que me apetecía hacer en aquel instante. Había que dar varios pasitos cortos hasta asomar la punta de los pies al abismo. Me mareé ligeramente y me aferré al brazo de un monitor. Alfonso grababa cerca, pero yo no me enteraba ya de nada. Miré hacia abajo, el vacío era espantoso. Empezó la cuenta atrás. Jamás en mi vida sentí un pánico semejante. Grité. Salté…
No tuve la sensación de descender a 120 kilómetros por hora; más bien me pareció que el mundo se me venía encima. Duró el vuelo cinco largos segundos de caída libre y otros cuatro más de frenada. Luego reboté como un pelele en el aire, riéndome yo solo de aquella situación, viendo acercarse nuevamente al río Storms. Cuando la cuerda se estabilizó me quedé bocabajo, colgado, mirando alrededor en silencio. Poco después se descolgó hasta donde yo estaba un tipo que se presentó como Spiderman. Me amarró a una nueva cuerda y me subieron al puente. “Face Your Fear” reza el slogan de la atracción, “Encara Tus Miedos”. Sentí el orgullo de superar el reto, estaba pletórico.
Alfonso fue el siguiente en dar el Gran Salto. Lo vi perderse en el precipicio, hacerse pequeñito. Eso me ayudaba a tomar conciencia de mi propio salto. También José Luis reunió el valor suficiente para saltar.
Aquella noche nos fue imposible esconder una sonrisita estampada en la cara.
Di por concluido nuestro trabajo en Sudáfrica y era momento de regresar a Springbok, que se encontraba a unos mil kilómetros de allí. Decidimos volver a conducir por turnos y engullir kilómetros durante toda la noche, pero cuando pasamos por la ciudad de Knysna, se nos quitaron las ganas. Junto a una bahía iluminada con las luces de los pesqueros se extendía una de las localidades con más gusto del país. Tenía cafés acogedores, el orden de los puertos de Dinamarca, escaparates con un aire antiguo y hasta plazas que parecían mediterráneas. Dormimos en un hostal confortable. Nos lo habíamos ganado.
El día siguiente lo pasamos rendidos al sopor de la carretera y la noche destemplada nos recibió en Springbok. Además del tedio que transpira la ciudad, ahora hacía frío.
El material que debíamos recibir había sufrido complicaciones y nos auguraron un retraso importante. Otra vez nos sentimos atrapados en Springbok. Los días pasaron entre paseos absurdos a ninguna parte, gestiones para avanzar nuestra ruta en el resto del continente, esporádicas escapadas nocturnas, televisión sudafricana, barbacoas y esperas. Sprinbok significaba la vuelta a una población por lo general desconfiada y cerrada. El zarpazo del racismo nos sacó bruscamente de la magia que habíamos encontrado en los reinos olvidados de África.