Por Daniel Landa
Chile, otra vez. La tarde aún alumbraba los picos nevados mientras nosotros nos adentrábamos en los valles monumentales de la Patagonia chilena. Los pinos acompañaron la ruta hasta que cayó la noche, el asfalto desapareció y los caminos de tierra se retorcieron junto al Lago General Carreras. Las luces en la noche anunciaron una población donde descansar. En una casita reconvertida en hospedaje nos alojamos dudando de si aquel rodeo había merecido la pena.
El pueblo se llamaba Puerto Río Tranquilo pero con la luz de la mañana, al asomarme al lago sentí el sobresaltó de la primera visión. El agua tiene un color azul índigo, encendido como en el Caribe, pero rodeado de montañas. No lo pude evitar y pese al frescor de la mañana me lancé al lago para bañarme en sus aguas, hechizado por su brillo. Era transparente y frío pero el sol incidía de tal forma sobre el lago que lo irisaba. Decidimos que aquel lugar que nos recomendó el motero brasileño llamado Felipe merecía más atención de la que habíamos pensado en un principio.
Contratamos los servicios de un barquero y con él surcamos las aguas. Aunque parecía imposible, el azul cobraba aún más intensidad en el interior. Como no encontrábamos palabras para describir el lago y las montañas simplemente nos reíamos con esa cara de incredulidad que provocan los grandes descubrimientos. Entonces el barquero se dirigió hacia las grutas de mármol. Vimos enormes rocas blancas en mitad del agua y estaban erosionadas de tal forma que mostraban túneles naturales por los que era posible ajustar la barca y entrar agachando las cabezas. El guía debió de notar nuestro entusiasmo y nos complació entrando en muchas otras grutas acuáticas.
Luego, como en un redoble de tambores, nos presentó la Catedral de Mármol, un islote blanco con forma de hongo que se suspendía sobre un pilar estrecho formado por varios arcos naturales. Daba la impresión de que esas arcadas no resistirían el peso de la roca. Desembarqué con José Luis en el umbral de aquella catedral alba, rodeada de agua patagónica celeste. Alfonso trataba de reflejar con la cámara los detalles de un lugar irrepetible. Las arcadas de mármol, la transparencia del agua helada y, al fondo, las cumbres espléndidas.
La carretera rodeaba el Lago General Carreras y ascendía escarpando la montaña. Caímos en la tentación una y otra vez y paramos muchas veces para grabar el camino de vuelta. Era difícil concentrarse en la conducción. El azul nos penetraba como un resplandor que se hacía mayor cuanto más subíamos por los cerros de los Andes. En algunas orillas el agua se volvía verdosa o se mezclaba con la arena dibujando formas pálidas bajo el agua. Habría que añadir la presencia de las flores amarillas junto a la vereda, la cordillera que se iba haciendo monstruosa, los ríos de agua blanquecina que descendían por las laderas, los barrancos, el atardecer que quemaba el lago. Y nos alejamos de aquel lugar como quien va despertando de un sueño. Gracias, Felipe.
Chile Chico es una localidad próxima a la frontera, que ya estaba cerrada cuando llegamos. Dormimos en un hostal de precios abusivos y baños compartidos. Era el último peaje antes de volver a Argentina.
Retomamos la ruta 40 que en estas latitudes estaba casi desierta. Un nuevo camino de piedras cruzaba la estepa que se separa de las montañas. Nos divertía ver las manadas de guanacos levantando la cabeza a nuestro paso. Son una mezcla de llamas y antílopes, esbeltos y nerviosos, que habitan la Patagonia meridional. Más difícil resultaba ver al ñandú, un tipo de avestruz que corría espantado cuando nos divisaba. Los matojos, los guanacos, los ñandúes y nosotros éramos los dueños vivos de aquella inmensidad.
Pasamos varias horas conduciendo con la música que hace tiempo dejó de ser variada, cruzando estepas, charlando sin prisas, grabando soledades.
La Patagonia tiene la costumbre de presentar sus paisajes de forma radical. La planicie de la pampa termina con la brusquedad de las agujas de El Chaltén. Un macizo que comparten Chile y Argentina, una cordillera dentro de la gran cordillera de los Andes. Expiraba el día cuando dejamos atrás aquellos picos y poco después alcanzamos El Calafate a tiempo de saciarnos con otra buena ración de cordero patagónico. Pero no pudimos impedir la desesperación habitual de búsqueda de alojamiento.
Nos presentamos en la Oficina de Parques Naturales de El Calafate. “Mire usted, tenemos intención de grabar los glaciares”. Una señora gorda y simpática nos atendió: “no hay ningún problema, deben abonar 6.000 dólares por jornada y en dos semanas les tramitamos el permiso”… “gracias, adiós”. Teníamos un problema. Reaccionamos llamando a la central en Buenos Aires que gestiona los permisos de grabación de los Parques Naturales de Argentina. Les expusimos nuestra situación. Resultaba paradójico tener que pagar por realizar una grabación que promociona los destinos turísticos, la cantidad era además desorbitada y el margen de tiempo una eternidad. Marcelo Cora nos escuchó, entendió el problema y como era un tipo inteligente buscó una solución. Nos pidió algunos datos y al día siguiente nos presentamos en la oficina de Calafate con el permiso de grabación que nos costó 0 dólares. “Buenos días, somos los de ayer, avise al parque de que vamos a grabar”… “ehhhh, a ver, ehh… está bien” y llamó y nos abrieron las puertas. Marcelo es sencillamente un buen profesional, un tipo que disfruta con su trabajo y al que satisface resolver problemas. Estuvimos tentados de ficharlo para la coordinación de nuestro viaje.
Entramos en el Parque Nacional Los Glaciares. Media hora más tarde divisamos en la lejanía una lengua de hielo. El Perito Moreno congela su descenso por el valle y muere en un lago verdoso que recibe el impacto de los témpanos desprendidos. Al acercarnos, desde la orilla vimos resquebrajarse el hielo, columnas del tamaño de un edificio de quince plantas caían al agua con un estruendo.
Poco después, una embarcación cruzó las aguas que nos acercaban a la parte frontal del glaciar, donde sus paredes cortadas a cuchillo alcanzan hasta sesenta metros de altura. Nos unimos a un grupo de turistas y los monitores nos guiaron por caminos que se acercaban al hielo, junto a la morrena lateral. Nos ajustamos los crampones y como alegres astronautas dimos nuestros primeros pasos sobre la superficie del Perito Moreno.
El hielo se arrugaba formando montañas picudas, grietas abismales y pozos de agua cristalina que mostraban todas la tonalidades posibles del color azul. La atracción de esos pozos era irresistible. Alfonso y yo corríamos para adelantar la fila de turistas y grabar unos planos aquí y allá. Eva caminaba con soltura, emocionada, sintiéndose en otro planeta y José Luis se detenía para fotografiar los perfiles agrestes del glaciar. El día nos había concedido un cielo sin nubes, poco habitual en esta zona, y aquella claridad intensificaba el blanco del hielo centenario y el azul de las pozas. Cuanto más nos adentrábamos en el glaciar más colosales eran sus montañas congeladas y más pequeña la hilera de turistas aturdidos por la belleza del Perito Moreno. Podríamos caminar días enteros y no llegaríamos al otro extremo. Hielo, sólo hielo, kilómetros helados de grietas, de cerros, de pozas, de crestas de nieve congelada. En la soledad del glaciar sentí el placer de caminar por aquel recodo encrespado de la naturaleza, aquel ataque de locura gélida, aquel frío reconfortante, aquel silencio.
Los monitores nos reservaban una última sorpresa. Al final del camino nos ofrecieron un vaso de whisky al que añadieron hielo picado del glaciar. La copa era el premio a nuestra conquista sobre las cumbres azuladas.
Antes de dejar el parque nos acercamos a sus pasarelas. La lengua del Perito Moreno se ha detenido a una distancia prudencial, desde la cual el gentío observa sin riesgo la ruptura de las paredes frontales. Más de treinta curiosos han muerto al acercarse demasiado, víctimas de las esquirlas del hielo desprendido que se convierten en una metralla mortal. Desde las pasarelas es más fácil comprender sus dimensiones, el tamaño del manto que brota en las laderas de las montañas y se extingue poco a poco sobre el lago. El Perito Moreno es uno de los pocos glaciares que no se encuentra en retroceso. La nieve del invierno aumenta el grosor que se deshace en los meses de calor en un equilibrio casi matemático. Sin embargo su futuro podría derretirse con el calentamiento global, ¡ay, esa amenaza omnipresente!
Los atractivos del Parque Nacional Los Glaciares no se reducen al Perito Moreno. Hay decenas de glaciares en las orillas del Lago Argentino que se multiplica en varias lenguas de agua entre los valles. Esta vez embarcamos en un gran catamarán acostumbrado a esquivar témpanos de hielo flotando sobre el lago. Había toda una multitud de turistas compartiendo con nosotros la travesía, pero los pasajeros nos cedían los mejores puestos para facilitarnos la grabación. Desde la doble proa del catamarán, Alfonso con una cámara y yo con la otra íbamos retratando el asombroso aspecto de los bloques de hielo a la deriva. El cielo, esa mañana, volvía a brillar límpido. La embarcación se acercaba a témpanos cada vez más azules, cada vez mayores. Luego alcanzaba el frontal de los glaciares, el Spegazzini que parecía trepar por la montaña, el Upsala junto a los nidos donde alimentan a sus polluelos los cóndores. Tuvimos que desembarcar y caminar entre los bosques para llegar a la bahía Onelli, un espectáculo de esculturas de hielo flotantes, junto a las flores rojas de los valles y los glaciares descolgándose por las montañas. Un guía nos condujo a los miembros de la expedición por un sendero que ascendía hasta un mirador. Allí nos detuvimos unos minutos que fueron eternos como aquellos hielos perpetuos. Luego volvimos al barco saturados de tanta maravilla.
Festejamos nuestra última noche en Calafate. Nos llevábamos una experiencia inolvidable en el equipaje y un material audiovisual limpio, bello, abrumador. Los bares de esta ciudad turística se llenan de todo tipo de viajeros. Los que andan con mochila, los que vienen de Iguazú, los moteros y los que llegan para rendir cuentas a sus sueños de toda la vida. Éste es un punto de encuentro, el lugar más concurrido de la Patagonia.
Salimos a la mañana siguiente con las ganas renovadas por seguir viajando. Una vez más hubo que cruzar la frontera en ese zigzag que nos llevaba de Argentina a Chile y viceversa, seleccionando los lugares más hermosos del sur del mundo. Los precios chilenos nos ahogaban y tratamos de simplificar las grabaciones para no dedicar demasiado tiempo a este país. La presencia de los guanacos nos alegraba un camino que serpenteaba entre las montañas del Parque Nacional Torres del Paine. Las aguas de la Laguna Amarga ardían durante aquel atardecer con la implacable presencia de las torres más verticales que hubiera visto jamás. Sus siluetas mostraban a contraluz el semblante altivo de aquellas rocas. Pocos kilómetros después paramos a las puertas del Refugio Laguna Amarga. Nos recibieron con los brazos abiertos. Los dueños del hospedaje tenían una alegría natural que nos se nos pegaba. El refugio cuenta con un salón diáfano cuyo gran atractivo son unos ventanales por donde entra a borbotones el paisaje, la imagen de Las Torres del Paine que parecían encendernos el ánimo a todos. Se había hecho tarde, prepararon otra vez un suculento plato de cordero y tras la cena nos fuimos a descansar temprano mientras algunos empleados tocaban la guitarra en el porche, a la luz de la luna.
El termo de café y las pastas aliviaron el madrugón. No había salido el sol cuando Eva, Alfonso y yo recorrimos los senderos hasta llegar al lugar mejor ubicado para observar las torres. Dicen que durante el amanecer la luz del sol incide en aquellas paredes imponentes abrasándolas con colores naranjas y rosados. Teníamos las cámaras en posición y las tazas de café calentando nuestras manos. Éramos cazadores de paisajes a la espera de ese momento especial. Pero no hubo suerte. Las nubes nos robaron la presa y se esfumó el instante mágico con la neblina. Apenas adquirieron un tono rojizo pálido pasadas las ocho de la mañana. Lo habíamos intentado. Esos picos de 2.800 metros eran de cualquier forma un regalo para la vista.
Después de un desayuno al abrigo del refugio nos despedimos de los dueños y los trabajadores y nos alejamos del parque. A la ribera de uno de los fiordos patagónicos alcanzamos la ciudad de Puerto Natales. El viento soplaba con una fuerza tal que costaba mantenerse en pie. Nos resguardamos en un restaurante lleno de fotografías antiguas y probamos salmón y cóctel de cangrejo. Las fachadas de los edificios mostraban una influencia inglesa que le daba a la ciudad cierta armonía, si no fuera por aquel viento embravecido.
Eran más de las diez de la noche cuando atisbamos por primera vez el Estrecho de Magallanes, pero la luz se resistía a abandonar el horizonte. A las once salí con Eva para pasear las calles de Punta Arenas que aún sentían el resplandor del sol. Me sorprendió la monumentalidad de la ciudad, quizás porque uno asocia la decadencia con latitudes remotas como aquella. Punta Arenas cuenta con palacios robustos y plazas coloniales que lucen las estatuas erigidas a los héroes de Cabo de Hornos, a Magallanes, a aventureros y conquistadores que desafiaron la embestida de las aguas frías del sur. Desde una pequeña colina se puede ver el colorido de sus barrios, las callecitas alegres en los largos días del verano austral.
Grabamos el puerto con algunas especies de cormoranes y gaviotas que sólo habíamos visto en documentales, grabamos las plazas y grabamos el ir y venir de sus ciudadanos. Luego volvimos a la carretera buscando la angostura del estrecho hasta encontrar un puerto donde embarcar con el coche hacia la Tierra del Fuego. Tenía algo de épico cruzar el Estrecho de Magallanes. Su sola mención me conmovía, era como nombrar una tierra prometida, una leyenda, un mito. No pasaron más de veinte minutos y ya estábamos pisando la última isla del continente.
Un oficial nos previno de los peligros del camino de piedras. La ruta era más larga de los que habíamos supuesto y la entrada a Argentina ralentizó el ritmo del Toyota. Se hacía tarde pero nos habíamos propuesto alcanzar nuestro destino, nuestro último destino americano. Paramos a cenar con prisas en Río Grande y seguimos camino con la noche tardía.
De madrugada divisamos las luces del puerto. Ahí se acababa América. Habíamos llegado a Ushuaia.