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Capítulo 4: Más allá del Círculo Polar

Último mensaje 11-22-2006, 10:32 AM por admin. 0 réplicas.
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  •  11-22-2006, 10:32 AM 5896

    Capítulo 4: Más allá del Círculo Polar

    Por Daniel Landa

    Más allá del círculo polar

     

    Durante todo el trayecto desde Dinamarca, hemos respetado escrupulosamente las señales de tráfico, conscientes de la severidad con que se castigan las infracciones. Fue Alfonso, pero pudo ser cualquiera, el que adelantó un vehículo sobrepasando en 11 kilómetros por hora la velocidad permitida (60 km/h). Un policía obtuso en el papel del Sargento de Hierro nos multó con 360 euros. Después de unas cuantas menciones a la familia del policía volvió la serenidad.

     

    La carretera, casi de repente, abandonó la compañía de los árboles. Las montañas y el ulular del viento parecían ponerse de acuerdo para transmitirnos que estábamos a punto de cruzar un punto remoto y emblemático. La línea del círculo polar ártico apareció ante nosotros con el símbolo inequívoco de la esfera formada por anillos metálicos. Nos paramos a retratar el momento con las cámaras. Vivimos allí un atardecer gélido pero emocionante. Se ha levantado un gran complejo turístico en el lugar. Allí trabajan tan sólo dos parejas de chicos y chicas mal avenidos. En el lugar no hay nadie más. Me recordaba a la película del Resplandor y salimos de allí con un montón de pasteles que nos regaló una de las pareja para fastidiar a la otra, que no quería que nos los dieran, o querían dárnoslos ellos o no sé qué. El caso es que nos zampamos las rencillas de aquellos pobres chicos hasta llegar a un camping en Saultraumen donde habíamos reservado una cabaña. Llegamos tarde y las llaves no estaban en la cabaña 17 como nos habían asegurado. Cansados por la larga jornada no lo pensamos dos veces y entramos por la ventana. A la mañana siguiente, el director del camping, alarmado por nuestra presencia, nos preguntó qué hacíamos allí sin reserva ni aviso ni nada. Concluimos que, sencillamente, nos habíamos equivocado de camping. Suerte que la cabaña 17 estuviera desierta. Solventado el malentendido, no sin las consiguientes risotadas del director, emprendimos camino hacia Bodo y un  poco más allá conseguimos embarcar el coche en Skutvik. El ferry nos iba a deparar una de las más gratas sorpresas del viaje.

     

    La luna llena parecía ejercer de faro en la fría noche que nos llevaba hasta las islas Lofoten. El cielo estaba estrellado y los tres pasamos mucho rato abrigados en cubierta. Alfonso fue el primero en ver los destellos verdes. Ahí estaba ante nosotros la tormenta magnética sólo visible en estas latitudes. La aurora boreal. Formó un arco, brilló con fuerza después y nos regaló un espectáculo inolvidable de varios minutos de luces cambiantes, en mitad del mar. Me acordé de Martin y sus fotos… ¡Chúpate esa Martin!

     

    Lofoten es una salvajada en el sentido literal. Los riscos compiten en verticalidad y los fiordos penetran en la costa formando ríos de mar, lagos salados y canales navegables por todas partes. Los pueblos de pescadores son parte del mural paisajístico de estas islas, pero la objetiva belleza de este lugar no alivia la dureza de quienes pescan en él. Aún no ha llegado el invierno y el viento es cortante en mar abierto. Las carreteras de esta zona rodean los riscos, atraviesan fiordos sobre puentes y se asoman a las cosas más abruptas de Europa.

     

    Me impactó especialmente la imagen irreal de una playa de arena blanca. El agua es cristalina como la del Caribe pero las montañas y el frío devuelven al visitante al Norte de Noruega. En aquella playa montamos la grúa para realizar un plano más impactante de lo normal. Cuando terminamos de ajustar la parafernalia de cables de acero, pesas y otros artilugios, la nube, esa nube que nos sigue desde París, volvió a arruinar nuestras intenciones descargando una lluvia irritante.

     

    Los archipiélagos de islas que forman Lofoten termina en la ciudad de (última letra del alfabeto noruego). Desde ahí, sólo se puede volver.

     

    Esa misma noche visitamos Svolvaer. Punto de partida de todas las excursiones por Lofoten. Y en ese rincón del mundo pedimos carne de ballena que nos sirvió Pedro, un camarero de Badajoz. Nos describió la vida de aquel pueblo demasiado agreste y demasiado perdido para un castizo español. La afición incontrolada a la bebida es una forma frecuente y normalizada entre gran parte de la población. Fuimos testigos de tal actitud en uno de los escasos bares de Svolvaer.

     

    Al día siguiente alcanzamos la ciudad de Narvik. El apunte histórico de José Luis era inevitable: “¡Narvik, Narvik, y pensar que aquí persiguieron al Tirpitz, el gran buque destructor de los alemanes!” La ciudad no tiene nada reseñable a parte del buque hundido y por lo tanto, excepto para buzos intrépidos, no visitable. Es más, a mi Narvik me pareció una ciudad portuaria triste, sin la alegría de los fiordos, ni el esplendor de Oslo, ni el interés de los saamis.

     

    Alta me transmitió la misma indiferencia que Narvik, pero sin buque. Aunque para hacer honor a la verdad, estas ciudades las cruzamos con la vista puesta en otro destino más legendario, más nórdico, más apetecible.

     

    Uno de los “finales” de la vuelta al mundo pasa por Cabo Norte. Ha sido siempre nuestro primer gran objetivo. La recta final al Norte de los Nortes estuvo acompañada de glaciares y renos en las carreteras. Y apenas cada rato cruzaba otro coche en el camino, luego, durante muchos minutos, sólo nosotros.

     

    Otra vez la esfera terráquea formada con arcos de metal, en lo alto del último risco del continente. Un perfil reconocible en la distancia. Esta esfera es majestuosa, enorme.

     

    Habíamos alcanzado Cabo Norte: más allá el mar, más acá Europa entera, la misma que habíamos dejado atrás. El complejo turístico de Cabo Norte es visitado por 200.000 personas al año, una cifra no demasiado “turística”. Las coordenadas 71º 10´ 21´´ marcan este punto de referencia en los mapas de moteros y aventureros diversos. Recuerdo las veces que mi hermano mencionaba Cabo Norte como destino de un viaje soñado para recorrerlo en moto. Bajo la mítica bola lo llamé, animándole a emprender algún día su ansiada ruta. Merece la pena.

     

    La nube que nos sigue desde París no se atrevió a llegar a este confín. El día avanzó despejado y a lo lejos un arcoiris nos deslumbró como la traca final de un espectáculo de luces y atardeceres. Cabo Norte estaba casi vacío. Los pocos visitantes que en esa mañana de septiembre se acercaron hasta allí, se fueron yendo poco a poco. José Luis, Alfonso y yo nos quedamos solos, mirando el horizonte como si alcanzáramos a ver el fin del mundo. Ya no subiremos más en los mapas durante los dos años del viaje. Ahora nos espera el sur, pero hay mucho sur por debajo de Cabo Norte.

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