Cuando
salimos de viaje no habíamos calculado que quizá este viaje nos pudiera
“afectar” tanto. En las oficinas en Madrid de la Sociedad Geográfica de las
Indias habíamos terminado de planificar el viaje, que ha sido mucho más intenso
de lo que teníamos previsto. Después de Latinoamérica, pensé que sería difícil
impresionarme o quizá también rendirme a los encantos de un país. No es que
India me haya seducido. Es la sensación. El recuerdo constante de haber
pertenecido en 18 días a tantos mundos diferentes. Ser rico y tener a dos
personas a tu servicio constantemente o estar tomando té en casa del barbero de
Agra, en medio de una familia que nos atiende con humildad, con generosidad,
con entrega… y cambio de nada.
El primer
lunes que he ido a trabajar no había cambiado nada en el trabajo. El montón de
papeles, el escritorio del ordenador lleno de postit digitales, los compañeros,
las rutinas, el menú de 12 euros con café y postre… Ha sido realmente difícil
volver y hacer como si no hubiera pasado nada. Como si hubiera consumido ya mi
“espacio de ocio” de 20 días, hasta las siguientes… Me pregunto si aquí en
Madrid nos lo estamos montando bien.
Ahora tengo una sensación de vacío, tras 18 días intensos de recorrer el norte
de la India. No es que me haya cambiado la vida y me quiera ir a hacer yoga a
ningún sitio… pero este viaje, esa forma de viajar y sobretodo, ese país,
India, nos ha marcado.
Cuando pisamos de regreso el aeropuerto de Madrid Barajas y ya antes en Milán,
encontré todo demasiado ordenado, demasiado limpio. Eché de menos, sobre todo,
los niños. A enorme cantidad de niños y ojos abiertos que en India he
disfrutado tanto. En Varanasi compré una bolsa de dos kilos de caramelos y nos
sentamos en un ghat (las escaleras que conducen hasta el rio sagrado) a
compartirlos con los niños. Bueno, esa era la idea hasta que los no tan niños
(señoras, abuelos, un hombre santo – Sadhu- y jóvenes) llegaron a por su
caramelo. Menos de tres minutos de reloj duró nuestra “ofrenda”.
Durante nuestra estancia hemos recorrido el
norte de India. Saliendo de Delhi, tomamos un tren nocturno a Udaipur. En esta
área del occidente de India, nos hemos dirigido a Jaisalmer y hemos recorrido
por carretera kilómetros y kilómetros para llegar a Bikaner y después Jaipur. Tras
visitas Jaipur, hemos ido a Agra, a conocer “cara a cara” el Taj Mahal.
Varanasi sería la última parada antes de retornar a Delhi.
En estos
días nos hemos hospedado en muchos sitios diferentes, Y en muchos ambientes.
Como habíamos pedido a la agencia, lo que queríamos era conocer la India real
pero con seguridad, pero pudiendo llegar un poco más allá del hotel turístico y
también del monumento típico. Nos advirtieron bien. Si queréis eso, vais a
estar viviendo en un péndulo. Era cierto. Hemos pasado 18 días viviendo en un
péndulo entre la riqueza y la miseria. En un ir y venir de fastuosidad y
humildad. Una noche en un hotel-palacio y la siguiente en el desierto, en una
cama, en medio de las dunas y con el techo más impresionante bajo el que he
dormido, las estrellas.
Hemos dormido en el tren nocturno, en el Imperial de Delhi, y en una aldea,
junto a una familia de amabilísimos campesinos.
La aldea, de unos 200 habitantes, en medio del campo, ha sido un sitio
donde pudimos disfrutar “del tiempo”. Pasamos allí 15 horas y en ese tiempo no
hicimos nada. Pero me impactó que no sintiéramos la necesidad de hacer nada, nada
productivo. La madre de a familia – con actitud y cuidado de madre, hasta con
su marido- nos ha enseñado a ordeñar las búfalas y a pastar los camellos... También
hemos dormido en el mejor sitio y más caro posiblemente de mi vida: el hotel-palacio
del Rambagh Palace de Jaipur (¡qué lencería de cama!).
Hemos
cambiado tanto de escenarios de la mayor opulencia a la más extrema sencillez,
que creo nos ha hecho preguntarnos por algunas cosas. Creo que tardaré un
tiempo en asentar las ideas. Algo que hemos sacado en claro: hay que viajar
más. No me refiero a desplazar el cuerpo de un sito a otro, hasta el regreso. Me refiero a la sensación de habitar lugares
que a uno no le pillan cerca, donde uno no es autóctono… como decía el poeta,
ser otras vidas que no serás nunca.
Nos vemos!