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Capítulo 42: Sudáfrica, una tensa partida de ajedrez

Último mensaje 09-03-2008, 1:25 PM por admin. 0 réplicas.
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  •  09-03-2008, 1:25 PM 68160

    Capítulo 42: Sudáfrica, una tensa partida de ajedrez

    Por Daniel Landa

     

    La luz abrasaba el suelo africano. Apenas habíamos salido del aeropuerto y ya sentíamos la presencia de una luz nueva, más blanca, más violenta. La latitud de Sudáfrica se aleja del calor de los desiertos pero un cielo despejado nos recibió sin reservas.

     

    Las avenidas de Ciudad de El Cabo están ordenadas, las aceras son limpias y los conductores se detienen con diligencia en los pasos de cebra. El centro de la ciudad se alza en vertical mostrando el progreso en sus edificios de cristales impecables. No se percibe aquí la obsesión americana de levantar plazas alrededor de cada iglesia, pero es posible descansar en calles peatonales y sí hay alguna que otra plazoleta donde se extienden mercaditos de artesanías, con jirafas de madera, dibujos de mujeres con cuencos de barro en la cabeza y huevos de avestruz decorados con paisajes de palmeras.

     

    Nos alojamos en un hostal modesto llamado Tip Top, con baños compartidos y un dueño antipático que nunca nos regaló unos “buenos días”. Sin embargo el singular Tip Top estaba a un paseo del Waterfront, la zona portuaria de Ciudad de El Cabo. A orillas del Atlántico africano se ha construido un fortín contra la desdicha. Los centros comerciales no escatiman en anuncios enormes con cremas hidratantes y la oferta de locales de comida rápida es interminable. Las calles están adoquinadas junto a las ventanas de palillería y los barquitos despliegan sus velas luciendo la libertad recién estrenada. Ciudad de El Cabo se parece a Dinamarca por sus puertos, a Holanda por sus iglesias puntiagudas, a Alemania por su orden germánico y a los países nórdicos por sus horarios rácanos. Sólo me pareció entrar en contacto con África al escuchar el ritmo de los tambores en las esquinas -negros que bailan para los turistas- y esa luz blanca, implacable.

     

    El Waterfront es, sin embargo, un espejismo. Musulmanes con turbante, negros luciendo rastas y los biznietos rubísimos de holandeses intrépidos comparten las pizzerías y los supermercados, pero después de varios días en la ciudad uno llega a observar con sorpresa la ausencia total de mestizaje. No hay mulatos, no se mezclan las culturas, no se influyen. La imposición ha sido mucho más convincente que la comunión y la tolerancia es hoy una forma de supervivencia más que una voluntad de entendimiento. En fin, las secuelas vivas del apartheid.

     

    Las alambradas que separaban barrios aún escuecen en el recuerdo, demasiado reciente. Los políticos que defendieron la separación física de blancos y negros se pasean hoy por las callejuelas peatonales donde tocan compases de jazz al aire libre aquellos que vivían “al otro lado”. Hablar de racismo ha sido siempre una cuestión delicada. La sola denominación de “negros” puede resultar ofensiva para las mentes más sensibles, pero pienso que normalizar los términos, tratar de descontextualizar es un primer paso para abordar un tema sin el cual es imposible entender Sudáfrica. El conflicto entre unos y otros sigue vigente pero los sentimientos de animadversión tienen matices muy distintos. El racismo de los negros surge del rencor mientras que el de los blancos responde más bien al desprecio.

     

    Ciudad de El Cabo cuenta no obstante con la bendición del mar. En su puerto desembarcan a diario buques de todo el mundo, marineros sedientos que buscan en tierra firme un lugar donde olvidarse de las redes de pesca. El tránsito constante de extranjeros ha diluido las diferencias y la fuerza de la costumbre consigue aplacar mejor las revanchas. Hay algunas Torres de Babel en la ciudad. El Mitchell’s es un pub inglés donde rusos, africanos, nórdicos, franceses y nuestro particular grupo de españoles pasamos las horas al calor de las cervezas, bálsamo universal que ahuyenta enemistades. Allí conocimos a David y Celine, dos sudafricanos de espíritu alegre, vocación de anfitriones y piel negra como la noche en que nos llevaron a Long Street. Bob Marley sonaba en uno de los locales. Éramos los únicos blancos allí, aunque David lo consideró tan sólo una anécdota estadística. José Luis, Alfonso y yo disfrutamos del ritmo ajeno en los bailes que no conseguíamos imitar. Pero era inevitable, algunas miradas acabaron por instigarnos de tal modo que nos hicieron sentir fuera de lugar. David nos trató como a hermanos y sé que aquello le enfrentó a algunos, pero tanto él como Celine son coherentes con su visión de un futuro sin etiquetas de color. Días después Celine sonreía al describir las razas con una sencillez irrebatible: “si es hermoso -decía- el color de la piel nos decora de formas distintas, ¿no es genial?”

     

    Conocimos a más sudafricanos luchando contra los prejuicios, tanto blancos como negros, gente que mira al mañana con mucha más vehemencia con la que echa la vista atrás. En ellos está la esperanza del país, por muy simple que pueda parecer.

     

    Problemas mucho más mundanos nos retenían en la ciudad. Nuestro Toyota había llegado al puerto y el papeleo retrasaba las gestiones. Por otra parte debíamos ponerlo a punto para el tramo final de la vuelta al mundo y eso significaba tiempo y el tiempo ponía a prueba nuestra paciencia.

     

    Cada mañana salíamos con las cámaras a recorrer la ciudad y nos fuimos acostumbrando al idioma que dejó de ser el nuestro en Argentina. El inglés sudafricano tiene un acento desmesurado al que había que pulir el oído. También nos acomodamos, a base de sobresaltos, al tráfico, que circula en el sentido opuesto al que conocemos. Cruzar la calle se convertía con frecuencia en un susto al descubrir que estábamos mirando el carril contrario mientras los coches avanzaban hacia nuestra espalda.

     

    Visitamos el barrio de Boo-kaamp, con sus fachadas color pastel y sus mujeres tendiendo al sol la ropa florida para un largo verano. Conocimos las calles de aspecto victoriano, con las columnas finas sosteniendo soportales y las celosías trepando hasta las ventanas. Recorrimos las playas donde se escapaba cada tarde Alfonso lamentando no tener su tabla de surf y paseamos los parques donde juegan al cricket los muchachos. Por mucho que los observara nunca llegaba a entender este juego tan fino, tan inglés.

     

    Pero si hay un sitio donde se puede apreciar la geografía de Ciudad de El Cabo es desde lo alto de Table Mountain. Un macizo de roca rodea la ciudad como una muralla en donde se chocan por sistema las nubes del norte. El cielo debe su azul desnudo a esta montaña. Un teleférico nos llevó hasta la cima y el vértigo se instaló a más de mil metros de altura. La ciudad se extiende desde la montaña hasta el mar, alrededor de una bahía que abraza el Atlántico. La superficie urbana se interrumpe por las colinas verdes que brotan en el centro. “Cabeza de León” es el nombre de uno de los cerros esculpidos por el viento, que ha adquirido una solemnidad vertical visible desde cualquier rincón de la ciudad. Los balcones que se asoman a Table Mountain consiguen evadir al visitante del tenso murmullo de las calles.

     

    Decidimos dejar Ciudad de El Cabo por unos días, mientras daban a nuestro coche los últimos retoques. Alquilamos un utilitario con el volante a la derecha y la palanca a la izquierda y vigilamos a trío los posibles despistes que por inercia nos hacían conducir en dirección contraria. Cuando llegamos a Somerset West ya habíamos conseguido domar el instinto de circular por la derecha. Allí nos alojamos en el SW1, un hotel confortable desde donde se divisa en la lejanía el Cabo de Buena Esperanza.

     

    Somerset West está a tan sólo una hora de Ciudad de El Cabo. Es una localidad residencial, con jardines por todas partes, chalets apartados y vecinos que apenas se cruzan en las calles. No nos sentimos cómodos en una ciudad tan estática y decidimos recorrer las playas de la costa para acercarnos al Cape Point, los desfiladeros donde termina el Cabo de Buena Esperanza.

     

    Las playas me parecieron salvajes, con más pescadores que bañistas y una arena tan blanca que cegaba. Estábamos grabando algunas secuencias rutinarias cuando entre el oleaje divisé una aleta que se movía. En un acto reflejo me alejé de la orilla pero pronto descubrí que se trataba de un delfín encallado y no de un tiburón. El desdichado trataba de nadar mar adentro pero las olas le arrastraban hasta la arena de la playa. No tardó en llegar un grupo de voluntarios, policías y biólogos. Todos colaboramos para sacar al delfín y no sólo sentí el tacto suave de esa piel que brilla con el sol –algo que siempre me ha intrigado- sino que comprobé además el gran peso de estos animales, expertos malabaristas en el agua. Conseguimos llevarlo hasta uno de los vehículos y una mujer le aplicó una inyección que provocó los espasmos del mamífero. La sangre nos roció a todos pero me sentí satisfecho de haber contribuido a calmarlo. Cuando se alejaba el todoterreno con el delfín pregunte a la mujer si lo llevaban a otra playa. “No, - me contestó en voz baja- le hemos aplicado una inyección letal, el delfín estaba ya muy enfermo”. Los niños aplaudían.

     

    Con la camisa ensangrentada no podía presentar ningún reportaje y desestimamos la idea de alcanzar el Cabo de Buena Esperanza.

     

    Al día siguiente nos dirigimos a Gansbaai con la intención de acercarnos todo lo posible a otro pececillo, algo mayor que el delfín y menos simpático. El Gran Tiburón Blanco (merece mayúsculas este escualo) habita las aguas del sur de África aterrorizando a peces más pequeños, a focas y a turistas que buscan un poco de adrenalina subacuática.

     

    Una embarcación nos llevó junto a otros curiosos foráneos hasta un lugar donde la calma del mar contrastaba con la palpitación que produce la sola mención del monstruo. Varios monitores lanzaron la carnada al agua. Esperamos. Nada. Era difícil no imaginar la música con que Spielberg anticipaba la presencia del tiburón en su famosa película.

     

    Había pasado más de media hora cuando una aleta dorsal emergió del agua con un silencio alarmante. Era el momento de sumergirse. Nos pusimos los trajes de buceo y por turnos nos alojamos en una jaula adosada al barco, que se hundía casi totalmente en el agua. Yo me apunté al primer grupo. Uno de mis compañeros de jaula era, cómo no, de Bilbao, un buen tipo llamado Jorge con el que congeniaría más tarde, porque aquel no era momento para hacer amigos. Me ajusté las gafas y me agarré con miedo a los barrotes. Alfonso grababa todo desde cubierta. Un monitor nos dio la señal y junto a los otros cinco aturdidos turistas procedí a la inmersión. Entre los barrotes vi con claridad como se acercaba el tiburón. Su tamaño era imponente. Tendría entre tres y cuatro metros de largo, y pasó a pocos centímetros de la jaula con esos ojos negros, sin vida, que debían de ver el pánico de los presentes. Desde el barco lanzaban la carnada atada a una cuerda que movían de un lado a otro haciendo desfilar al tiburón ante nosotros, jugando con él. Pero el espectáculo se convirtió en un escalofrío cuando aquel tiburón abrió su bocaza dispuesto a conseguir el bocado. Casi pude contar sus dientes, aquella hilera de cuchillas desordenadas que se abrían en una décima de segundo, con una agilidad que me pareció imposible para aquella mole. El Tiburón Blanco no disimula su aspecto sanguinario, más bien al contrario parece querer reforzar su leyenda asesina. Sus encías son rojas y su gesto al morder la carnada es de una violencia formidable. Yo traté de sentir la seguridad de los hierros de la jaula pero no hacía falta. Aquel pez de media tonelada nos despreciaba. Durante muchos minutos persiguió su carnada hasta que arrancó el pellejo de atún y sumergió su aleta dorsal devolviendo la quietud al mar, ignorándonos.

     

    Hubo más apariciones y tanto Alfonso como José Luis disfrutaron también del miedo. De hecho, el último tiburón que vimos aquel día se mostró más agresivo con la carnada. Tan cerca estaba el atún de la jaula, que el escualo clavó sus dientes entre los barrotes, aterrorizando al turista que tenía enfrente y provocando el grito ahogado de los demás.

     

    El paseo de aquel día concluía junto a las rocas donde habitaba una ruidosa colonia de lobos marinos. El bullicio de aquellos mamíferos nos divertía a todos, sus cabriolas acuáticas, sus rugidos, esa estridencia tan distinta al sigilo del Tiburón Blanco.

     

    Esa misma tarde, Jorge el bilbaíno y un amigo holandés nos acompañarían a un lugar que reivindica más atención de la que la geografía mundial le ha dedicado. Existe una falsa creencia bastante generalizada que señala el Cabo de Buena Esperanza como el lugar más austral de África y el punto en el que se unen el Índico y el Atlántico. En realidad ambos honores corresponden al Cabo de las Agujas (o Aguhlas), a ciento cincuenta kilómetros al oeste (suroeste, para ser exactos) del mítico Cabo de Buena Esperanza. La tierra se acaba al sur del continente en una costa abrupta sin playas, con un faro antiguo perfilándose en la niebla. Un pequeño monolito indica el lugar exacto donde se encuentran los océanos pero apenas había turistas en aquel paisaje brumoso que bien podría ser Escocia. Se me antojó la extravagancia de nadar en aquel punto y el agua me pareció tan fría en el océano Índico como en el Atlántico.

     

    El dueño de un restaurante de la localidad llamada Aguhlas nos contó muchas historias sobre los tiburones que merodean por esa zona. Aseguraba que él mismo ya no utiliza su barquita para pescar después de su encuentro con un gigante de ocho metros. Una anciana de la localidad tuvo peor suerte y fue devorada por un tiburón cerca de la orilla meses atrás. Allí no se acercan los surfistas y el faro sólo alumbra el camino de grandes pesqueros. En el sur del sur de África es mejor mantenerse lejos del agua.

     

    Volvimos a Ciudad de El Cabo y coincidimos en el Mitchell’s con un grupo de valientes, para quienes los tiburones son el menor de los peligros del mar. Daniel es un marinero uruguayo. Tiene la sonrisa perpetua y los ojos cansados de ver tempestades. Una de sus hijas le hizo el cálculo y concluyó que su padre se había pasado más tiempo en un barco que en tierra firme a lo largo de su vida. Gabriel y Ricardo son dos gallegos acostumbrados también al puerto de Ciudad de El Cabo, a compartir la claustrofobia de un barco y combatir las esperas con un saludable sentido del humor.

     

    Nos invitaron a comer sobre la cubierta del Milenium, el barco varado junto al muelle. El pesquero necesitaba ser reparado antes de zarpar de vuelta al mar. Quizá por eso nos sentíamos de alguna manera identificados con ellos, contando las horas en una lejana ciudad de África antes de emprender viaje. Las olas y las carreteras podían esperar de momento. Daniel preparaba la parrilla lamentando no tener un buen mate para acompañar la carne y después de una comida generosa compartimos algunas historias. Nos contaba Ricardo cómo perdió dos dedos sesgados por un cabo que se soltó y Daniel hablaba de otro cabo, el de Hornos y de los meses fuera de casa y de las orcas que destrozaban sus redes y de cómo algunos marineros sufren la angustia de los días sin paisajes y, en fin, de la soledad del mar. Gabriel es el jefe de máquinas y nos guió por el interior del Milenium. Yo nunca había estado en un barco pesquero y me admiraba ver el orden de sus camarotes, el puente de mando, la cocina raquítica donde preparan almuerzos con el oleaje, la sala de máquinas o la fábrica donde limpian, filetean y empacan el pescado. Cuando se llenan las despensas de merluza vuelven a casa.

     

    Conocimos a más marineros y todos ellos compartían una vitalidad arrolladora y una generosidad instantánea. Jamás escatimaban un trago o una carcajada. Nos reímos escuchando sus anécdotas pero su semblante era más serio cuando recordaban naufragios y tormentas, aunque en su gesto no había más épica que la de una vida resignada al océano. “Somos gente anónima -decía Daniel sin aires de grandeza- la vida es dura en el mar, pero hay que sacar adelante a la familia”. El mundo está lleno de audaces sin gloria pero yo quiero repetir algunos nombres: se llaman Daniel, Gabriel, Ricardo, Miguel o José Manuel. La marea se llevó sus apellidos.

     

    Teníamos una deuda pendiente con el Cabo de Buena Esperanza y nos empeñamos en viajar hasta allí antes de emprender el camino hacia el Norte. Las carreteras que atraviesan el cabo serpentean junto a los acantilados. En el último tramo nos acompañaron los babuinos, unos monos de tamaño considerable que vigilaban los caminos. Las playas estaban desiertas, excepto por las colonias de pingüinos, y al final de la tierra un faro y los riscos de piedra conteniendo las corrientes. Este lugar se bautizó en su origen como el Cabo de las Tormentas y cientos de navíos han naufragado tratando de rodear este punto maldito.

     

    El Milenium aún estaba anclado en el último embarcadero del puerto cuando nosotros arrancábamos el Toyota rumbo al Norte. Agradecimos cambiar de aires y viajamos con la sensación de empezar a conocer de verdad el continente, pero la alegría duró hasta la localidad de Springbok. A menos de cien kilómetros de Namibia volvimos a padecer la fragilidad de nuestros equipos técnicos y el viaje volvió a detenerse recién inaugurada nuestra travesía africana. Los días siguientes estuvieron llenos de llamadas telefónicas, mensajes por internet y paseos por una de las ciudades más insulsas del planeta.

     

    Dicen que en primavera los cerros que rodean a Springbok se cubren de flores, pero a finales del otoño austral el paisaje se muestra pelado, rocoso y seco. Sus habitantes no son menos ásperos. El racismo que percibimos en Ciudad de El Cabo se presenta aquí sin matices. Algunos lugareños descendientes de holandeses nos hablaban de los negros con un desprecio explícito y algunos negros nos abordaban con gestos igualmente ofensivos. Con los días conocimos algunas personas más afables y nuestra condición de extranjeros -aunque blancos- nos instalaba de alguna forma al margen de los prejuicios de unos y otros. Daba la impresión de que lejos de las grandes ciudades en Sudáfrica continúa esa partida de ajedrez que hace tomar posiciones a blancos y a negros sobre un tablero que es imposible compartir sin alambradas. Desde que se instalaron aquí los blancos, en gran minoría, tienen en jaque a los negros.

     

    Debíamos esperar aún muchos días para recibir parte de nuestro material y la espera en Springbok se hacía insufrible. La decisión fue unánime: saldríamos a recorrer el resto del país.

     

    Fuimos parando en pequeñas ciudades del Norte que nos recordaban a Sprinbok. Las hamburgueserías y locales de comida rápida hacen furor entre la población que muestra una obesidad preocupante. Las iglesias puntiagudas y los centros comerciales comparten la influencia occidental. Condujimos por carreteras excelentes delineadas con rectas larguísimas que se perdían por las estepas donde nace el desierto del Kalahari.

     

    Luego descendimos hacia el Sur para cruzar casi de forma testimonial la gran urbe de Johannesburgo. No encontramos nada que no tuvieran otras grandes ciudades. A una hora de allí se encuentra la capital administrativa del país y posiblemente el mejor ejemplo del conflicto étnico de Sudáfrica: Pretoria. 

     

    Aprovechamos nuestra estancia en la capital para acercarnos a algunas embajadas de los países africanos de nuestra ruta. El palacio gubernamental y la zona diplomática gozan de una armonía ajena al centro de la ciudad. La vida de Pretoria ha cambiado sustancialmente en la última década, tras el fin del apartheid. Los “colonos” blancos que ocupaban el centro de la urbe han emigrado en masa a los alrededores extendiendo barrios ajardinados, chalets y restaurantes que ofrecen todo tipo de mariscos. Los negros abandonaron las barriadas que rodeaban la ciudad y abrieron las puertas del centro para instalarse alrededor de las iglesias donde ya no acuden a rezar los blancos. En las calles más céntricas de Pretoria es difícil ver a un solo hombre pálido y en los barrios periféricos apenas hay morenos. Se esquivan. Todos comparten el suelo pero no se tocan, como en una partida de ajedrez. Se observan sin atacarse, tomando posiciones, cambiando de barrio, y los cuadros blancos se vuelven negros y los negros blancos, pero no hay escalas de grises.

     

    Hemos podido observar gran parte del planeta colonizado y el resultado de las conquistas a día de hoy difiere radicalmente en función del pueblo que las haya emprendido. Desde Ciudad de Juárez hasta Ushuaia, españoles y portugueses ocuparon el continente. Arrasaron pueblos y levantaron fortalezas, sometieron a los indígenas y convirtieron a millones de personas al cristianismo. Pero durante aquellos años de invasiones y tropelías hubo un factor que con el tiempo hizo de Hispanoamérica lo que es hoy: la pasión latina. Los aventureros que llegaban a las selvas de Centroamérica o a la pampa argentina se mezclaron. La sensibilidad a la belleza universal pesó más que el orgullo étnico y se dejaron seducir los conquistadores por el embrujo de las nativas. No pasó mucho tiempo antes de que generaciones de mestizos empezaran a coexistir con españoles y mayas, portugueses e indios.

     

    Los anglosajones han preservado con mucho más ahínco la pureza de sus genes. Han levantado más muros y creado más reservas. Los navajos y los irlandeses nunca terminaron de encajar y los ingleses pelirrojos no se rindieron jamás al amor de las muchachas de ébano. En las ciudades tampoco hay influencias, la arquitectura fue directamente impuesta, la gastronomía se importa y la moda sigue mirando a Londres.

     

    Sin duda es ésta una reflexión demasiado generalizada y carece de un análisis más profundo pero responde a pautas repetidas en muchas ciudades de muchos países diferentes. El racismo abarca casi todo el planeta, incluyendo todos los países de América Latina, es cierto, pero allí la marginación es más clasista que racista. En Brasil bailan samba los negros, los rubios y los mulatos, en México la gran mayoría luce una piel morena sin complejos y en Venezuela son pocos los que dan importancia a su enredado árbol genealógico. En Arizona los Navajos viven en reservas y en Pretoria, por ejemplo, en barrios según la raza.

     

    Me conmovió el aplomo de un taxista negro que lucha contra ese sistema de fronteras invisibles. “Mis hijos -decía riendo- van a un colegio de blancos, son los únicos negros allí”. Le preguntamos si eso le había creado problemas. “Algunos amigos me preguntan por qué no les llevo a un colegio de los nuestros y yo les respondo que porque no me da la gana, soy libre para dar a mis hijos la educación que quiera”. Añadió aquel buen hombre que quería enseñar a sus hijos a convivir en esa difícil sociedad, a romper prejuicios. Y tendrán sus hijos que aprender a nadar contracorriente, como Celine y David en Ciudad de El Cabo, como otros tantos corazones nobles o mentes lúcidas, o ambas cosas.

     

    Alfonso, José Luis y yo anhelábamos llegar a un terreno neutral, donde no hay razas sino especies y donde el debate sobre blancos y negros se limita al lomo de las cebras. A primera hora de la mañana alcanzamos el Parque Nacional Kruger. Con la advertencia firme de no bajar del coche atravesamos la puerta de una reserva natural del tamaño de la Comunidad Valenciana. Aquel día iba a depararnos el primer encuentro con el África salvaje que estábamos deseando conocer.

     

    Un primer frenazo brusco nos situó frente a un grupo de impalas, el mamífero menos impresionable con la presencia humana. Veríamos muchos de estos antílopes a lo largo de la mañana, pastando aquí y allí, saltando con agilidad, mirándonos con desinterés.

     

    Junto a los caminos iban apareciendo algunos jabalíes, ñúes descansando a la sombra de las acacias espinosas, pájaros irisados que recordaban a los tucanes y varias especies de monos. Pero fue la visión de las jirafas la que nos hizo saltar del asiento. Iban acompañadas de varias cebras que dejaron de rumiar a nuestro paso. La jirafa suele perder en popularidad ante los grandes felinos o los elefantes pero a mi me maravillaban esas criaturas de ojos saltones y porte altivo. Con los pies en el suelo ningún ser vivo mira el mundo desde tan arriba. Corren como a cámara lenta con un gesto primitivo y elegante. Tuvimos que quebrantar las normas y salimos del coche para utilizar el trípode y lograr algunos planos que nos hicieron creer miembros de National Geographic.

     

    A diferencia del zoo o de los safaris comunes, en los grandes Parques Naturales de África los animales están allí desde siempre compartiendo una región que se ha ido estrechando por la mano del hombre y sin embargo es aún tan grande que nadie garantiza el avistamiento de la mayoría de las especies. Yo miraba las ramas de los árboles por si encontrase un leopardo echando la siesta, pero no hubo suerte. Fue una familia de elefantes la que irrumpió entre los árboles dejándose ver. Eso era lo más emocionante, que de pronto aparecían, uno se encontraba a los animales más emblemáticos del mundo como si tal cosa. Los elefantes apenas se inquietan con ese andar de sabios, tan sereno, con las crías enredando trompas y los turistas descargando sus tarjetas digitales, que ya no hay carretes de fotos. Vimos más paquidermos y más monos y más impalas, por supuesto. Pero sería en una de las lagunas del parque donde se habría de concentrar de golpe toda la ferocidad del reino animal.

     

    Detuvimos el coche junto a lo que podría ser la pesadilla de cualquiera. Sobre la superficie de la laguna, las enormes cabezotas de los hipopótamos se asomaban mirando la hilera de vehículos parados en la orilla. El que fuera denominado caballo de agua tiene un aspecto orondo y bonachón que contrasta con su agresividad. Aunque se trata de un animal herbívoro se ha ganado el primer puesto entre los mamíferos que causan más muertes al humano. Cualquier osado que se aventure a acercarse a pie al lago se expone al ataque fulminante del paquidermo. Parece torpe y lento pero es capaz de correr a 40 kilómetros por hora y los colmillos de su mandíbula son inclementes con la presa. Junto a los hipopótamos nadaban sin miedo los cocodrilos en un ritual de respeto mutuo en el que ambas especies mantienen las distancias. Estos cocodrilos eran mayores que los que vimos en Centroamérica y los impalas que andan siempre por ahí han de acercarse a beber con prisa porque, bajo el agua, aquí siempre hay alguien mirando. La presencia del lago congregaba también a monos y garzas, todos vigilándose, sobreviviendo.

     

    Antes de salir de Kruger atrajo nuestra atención la presencia de varios coches aparcados en un recodo del camino. Paramos por inercia y alzamos la vista para ver, a los lejos, el andar felino de una pareja de leopardos, ¡mis leopardos! Estaban terminando de cenar -supongo que un impala- y se retiraban con los últimos rayos del día.

     

    Nosotros dejábamos el parque con la retina y la cámara rebosantes de vida, de la vida brutal de las criaturas salvajes. Su mundo no conoce la piedad, cada cual marca su territorio y lo defiende, la lucha dura toda la vida e impera la ley del más fuerte. No hay concesiones y cada especie combate a las otras en manadas, los ñúes con los ñúes, los elefantes con los elefantes, los leopardos con los leopardos y el resto queda fuera, es el enemigo, se le ignora, se le excluye o se le devora.

     

    Pero ese es el mundo de las bestias. Los humanos, desde luego, no somos así.

     

     

     

     

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