Caribe - Europa - Expedición - Compañeros de viaje - Destinos - Musicales - conciertos - teatro - danza - Viajes - Vuelos - Hoteles - Cruceros - Entradas - Conciertos - playas - verano - puente mayo

Foro viajes - Muchoviaje

Bienvenido a la Foro viajes - Muchoviaje Conectar | Registro | Ayuda
en

delicious technorati google my web yahoo

Capítulo 36: El Imperio de los Hijos del Sol

Último mensaje 04-14-2008, 11:27 AM por admin. 0 réplicas.
Para PARTICIPAR tienes que estar Registrado y Conectado. Ordenar: Anterior Siguiente
  •  04-14-2008, 11:27 AM 41134

    Capítulo 36: El Imperio de los Hijos del Sol

    Por Daniel Landa

     

    Perú siempre me ha sugerido la imagen de las montañas, los abruptos cerros donde los quechuas adoraban a sus deidades, pero estaba a punto de entender que este país era mucho más que eso. La ribera del lago Titicaca no difiere en nada de la parte boliviana. La vegetación brota con timidez y las carreteras sin curvas cruzan llanuras desoladas.

     

    Los pueblos de esta parte del altiplano andino se camuflaban con el paisaje adquiriendo el mismo color de la tierra. Las casitas de adobe se alzaban discretas lejos de la orilla de un lago que parece un mar, pero sus pobladores visten con mucha más alegría. Las faldas al viento de las mujeres dibujaban colores vivos y los ponchos de los hombres también destacaban entre los campos de siembra. Familias enteras trabajaban el campo sin prisa, con sus reses arando los cultivos o con las barcas llenas de redes remendadas. La paz o la resignación podrían definir la vida de quienes nacieron aquí.

     

    El atardecer enrojecía los pueblos de barro y encendía en plata las aguas del lago. Horas después alcanzamos la ciudad de Puno. Casa Andina era la franquicia hotelera que nos acogería en nuestra travesía peruana. Durante varios días nos despreocuparíamos de búsquedas de hotel y regateos ya que José Luis alcanzó un acuerdo con ellos cuando viajó a Lima para resolver el asunto de la reparación de las cámaras. Nuestro amigo Adam nos había pedido que le lleváramos hasta Buenos Aires y la verdad es que a todos nos caía simpático. Además era un experto arreglando cosas y se ofreció enseguida a echar una mano en todo lo que fuera necesario. Aceptamos de buen grado su compañía, así que el americano, Alfonso, José Luis y yo desembarcamos nuestras cosas en el hotel.           

     

    Puno es una ciudad bulliciosa. Forma parte de la ruta que une Bolivia con Machu Picchu y el tránsito de viajeros es constante. La calle peatonal está llena de restaurantes, bares con música americana, tiendas de souvenirs. Es decir, ha crecido como cualquier otra ciudad turística. Pero hay algo en Puno que le confiere una personalidad única: las islas de totora.

     

    La totora es una especie de junco que crece a orillas del Titicaca. Sus tallos son fibrosos y resistentes con lo que desde hace siglos muchos pescadores construyen sus embarcaciones con la caña seca de estas plantas. Pero en esta parte del lago, los aymara y los quechuas han desarrollado la producción de totora de forma masiva construyendo los llamados Uros, plataformas flotantes creadas a partir de la compactación de juncos de totora.

     

    La concepción de estas islas artificiales tiene un objetivo más turístico que práctico. Adam y yo discrepamos. Él consideraba que no merecía la pena visitar algo diseñado para atraer visitantes, yo por el contrario defendía que el interés de los sitios está por encima del fin con que fueron creados. Muchos viajeros expertos rechazan como la lepra el concepto de turista, como un síndrome contra la libertad de un viaje. Evidentemente nuestra ruta alrededor del mundo está concebida de una manera muy poco convencional, alejándonos de los paquetes de las agencias de viajes y subrayando en gran medida las transiciones entre puntos turísticos, que están llenas de sorpresas, de lugares aislados y de rincones remotos. Pero no se debe negar el atractivo de ciertos destinos populares, por el sólo hecho de estar respaldados por una campaña de marketing. En resumen, que Adam se perdió un lugar alucinante.

     

    Visitamos ese rincón del Titicaca en un barco que se adentraba por praderas acuáticas de juncos. La totora crecía verde sobre el lago y entonces, a lo lejos, divisamos un mundo amarillo flotando sobre las aguas. Eran los Uros. Los bloques de totora se extendían formando multitud de islas a partir de la planta seca. Junto a las orillas de ese archipiélago artificial navegaban barcas del mismo color y los aldeanos dormían junto a las casitas construidas también con totora.

     

    La impresión era más de irrealidad que de artificio. El mundo de totora ya nos había conquistado cuando desembarcamos en una de las islas. Su superficie era mullida y amortiguaba nuestros pasos realzando aún más aquella sensación onírica. Junto a las casitas, varias mujeres tejían, otras vendían artesanías sin agobiar al visitante. El sol caía con fuerza sobre los Uros y el amarillo brillaba como un trigal castellano. Uno de los guías me explicó la importancia histórica de la planta. Es cierto que los habitantes del Titicaca navegaban con barcas de totora e incluso sus viviendas eran construidas con el junco. Mantener esa tradición, aseguraba, es preservar de algún modo la cultura. Y entonces, por si la totora no hubiese creado ya suficiente admiración me invitó a comer uno de los juncos frescos. No sabía absolutamente a nada, pero se podía comer, que ya era bastante.

     

    Las imágenes de aquel día muestran una fábula sobre el lago, un cuento inventado donde los niños juegan con los visitantes y las mujeres salen a pescar en barcas amarillas con sus vestidos rojos y verdes. Lo cierto es que decenas de familias viven en las islas, cuidando a diario la frágil estructura de su universo flotante.

     

    Dejamos Puno a primera hora de la mañana siguiente y avanzamos por un camino que se alejaba del lago para siempre. Algunas montañas mostraban sus nieves perpetuas en las cumbres, luego la carretera descendía por valles verdes y volvía subir por curvas que rodeaban nuevos cerros. Apenas vimos unas pocas aldeas desperdigadas, con sus granjas y sus animales que salían a pastar los campos.

     

    Los rebaños de alpacas apenas se inquietaban con nuestra presencia, pero a mí ellos me parecían animales extraordinarios. Tienen el aspecto de muñecos, peluches enormes con su altivo cuello estirado. Su lana se enreda formando tirabuzones que cuelgan del lomo o forman un simpático flequillo. Alfonso y yo rodeamos a uno de esos rebaños para grabar las curiosas siluetas de las alpacas mientras el coche avanzaba por detrás. Colocamos el trípode con sigilo y conseguimos la perspectiva que buscábamos pero entonces la anciana que pastoreaba aquel rebaño comenzó a silbarnos desde lejos, mientras se acercaba. Seguimos grabando, ya hablaríamos con ella más tarde, pero aquella mujer hizo oscilar una tira de cuero y luego lanzó algo parecido a un proyectil. Me costaba creer que la anciana nos estuviera arrojando piedras con una honda, pero así era. Anduvimos hacia a ella rendidos y con las manos en alto. Le explicamos cuál era nuestra intención y la mujer se echó a reír mostrando una boca desdentada.

     

    Llegamos a Cuzco por la noche, con los faroles alumbrando las piedras de los palacios. Alfonso, Adam y yo salimos a cenar algo por el centro. La primera visión de la Plaza de Armas me golpeó como un recuerdo. Era un lugar que conocía: Salamanca por sus catedrales, Toledo por sus monasterios, era Cantabria en los balcones y Cáceres en las aceras de piedra. Pero el mirar mestizo de sus gentes me hacían regresar a este Perú de 3.360 metros de altura. La ciudad tiene un atractivo recio, sin florituras. Sus iglesias son solemnes y sus muros anchos. En aquel entorno familiar paseamos de vuelta al hotel escuchando el eco de nuestros pasos en los callejones empedrados.

    Amaneció nublado pero los monumentos no necesitan tanta luz como los paisajes. Hacía tiempo que no nos deleitábamos grabando el esplendor de los edificios. Desde la iglesia de San Cristóbal alcanzábamos a ver los tejados de la ciudad, las torres de los templos y las montañas enmarcando el paisaje urbano. Paseamos la cámara por las plazas y las fachadas, por las tiendas de ropa tradicional y las calles con más solera.

     

    El pisco sour, un popular aguardiente de uva, amenizó un almuerzo con carne de llama y ensaladas. Es la bebida típica de Perú y acompaña bien a las comidas. Por la tarde decidí buscar más rostros que arquitectura y hay un sitio que concentra la actividad del indígena: el mercado. Me pareció un lugar más fotogénico que videográfico. Las instantáneas reflejaban escenas puras, la autenticidad de un pueblo. Las mujeres con sus trenzas vendiendo quesos, o las jóvenes costureras cosiendo a la luz de las ventanas, o los pasillos interminables de flores y de especias. En aquel lugar me sentí un entrometido, no tanto como visitante sino como español. En Bolivia y en Perú se percibe un ligero resentimiento hacia lo hispano, lejos de la empatía que demuestra con la madre patria el resto de Latinoamérica. Hemos colonizado sus calles y decorado sus iglesias, hemos levantado crucifijos y embellecido sus ciudades pero en el corazón del indígena hay un inca reclamando su sitio entre las montañas.

     

    Aquella misma noche conocimos a una bilbaína llamada Ana. Viajaba sola y un encuentro patrio tan lejos de casa era una excusa perfecta para salir a cenar. Pedí un plato de choclo en un restaurante con vistas a la Plaza de Armas. El maíz cocido, que aquí llaman choclo, era insípido pero la conversación nos distrajo a todos.

     

    Dejamos atrás la ciudad con su aire español y nos adentramos en el Valle Sagrado, que mantiene la autenticidad precolombina. Las terrazas para el cultivo se extienden hasta las cumbres de las montañas que alcanzan los 5.000 metros. En algunos recodos del camino aparecen ruinas de piedra, construcciones incas dispersas por los cerros. Todas tienen en común su inaccesibilidad, como si sus habitantes vivieran en una alerta permanente. Empequeñecidos por la brutalidad de las montañas llegamos a Ollantaytambo, un nombre africano que indicaba el final del camino en coche. Esta localidad muestra muros de piedra milenarios que trepan por la montaña. Me pareció fascinante su ubicación, el silencio de aquellas ruinas, pero han sido eclipsadas por el reclamo más universal de los peruanos.

     

    El tren que nos acercó a Machu Picchu tenía una bóveda de cristal para disfrutar de la verticalidad del paisaje. El tramo ferroviario atravesaba la llamada Saja Selva, una combinación insólita entre la frondosidad de la jungla y las sierras escarpadas. La última estación se llamaba Aguascalientes. Es el único pueblo que tiene acceso por tierra con las ruinas. Nunca había visto una población tan encerrada. Para ver el cielo había que mirar directamente al cenit. El resto son montañas tan altas y tan cercanas que da la sensación de que se te van a caer encima. Por lo demás es un pueblo que ha crecido con la inercia de un turismo imparable. Los precios que permiten al visitante llegar a Machu Picchu son abusivos y los responsables de las ruinas han sabido potenciar la dificultad del acceso haciendo imprescindible el pago del billete de tren y el resto de desplazamientos desde Cuzco, al margen de un hospedaje muy por encima de otras ciudades turísticas de Perú. Pero estábamos allí, a un paso del delirio.

     

    A las cuatro y media de la madrugada una ducha me refrescaba el ánimo. Era aún de noche cuando salíamos del hostal. Con el resplandor del alba descubrimos una bruma amenazante. Luego un autobús recorrió los últimos kilómetros hasta la entrada de la que ha sido considerada una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo.

     

    Entramos con nuestros permisos de grabación en regla y el pulso acelerado. Tras alcanzar una loma, como un milagro, la niebla se dispersó y así, de golpe, descubrí la Ciudad Perdida de los Incas. El sol se elevó tras las montañas y los primeros rayos encendieron las ruinas de Machu Picchu. Era el éxtasis. A punto estuve de arrodillarme allí mismo para rendir pleitesía a los dioses paganos que inspiraron a los incas.

     

    Los tejados de las viviendas han desaparecido pero desde la antigua Casa del Vigilante era posible identificar las calles, los templos y las plazas de una ciudad encajada entre los imponentes picos que invaden todo el paisaje. Las llamas del recinto se acercaban también a ese punto para mirar desde lo alto los perfiles que acompañan a la urbe. El Huayna Picchu sobresale de entre el resto. Tiene la forma del Pan de Azúcar de Río de Janeiro y custodia la ciudad sagrada, como una atalaya altísima desde donde observar cualquier incursión. Esta ciudad se levantó a poco más de dos mil metros de altura, pero sus arquitectos eligieron el punto más apartado e inaccesible del Valle Sagrado. Hoy el tren y las carreteras facilitan la visita, pero el descubridor de Machu Picchu, el explorador estadounidense Hiram Bingham tuvo que escalar muchas montañas, atravesar la selva y acertar con una ruta escondida del resto de los mortales. Imagino la cara de estupor de Bingham ante su hallazgo en 1911. Los conquistadores españoles jamás encontraron la Ciudad Perdida, no intuyeron la osadía de los incas desafiando las escarpadas sendas para esculpir sus templos y sus palacios.

     

    La ciudad en sí es un gran mirador, ya que se encuentra instalada sobre una plataforma más o menos ancha en lo alto de un cerro y cada esquina de sus murallas, cada vivienda, cada templo es un balcón que encara a la grandeza de esas montañas. Los incas, como todas las civilizaciones prehispánicas, cargaban de significado su arquitectura, con la sacra intención de honrar con cada piedra a los Astros. La aristocracia levantó también aquí su observatorio, un templo para estudiar el movimiento de las estrellas. La contemplación es un concepto antiguo que requería de curiosidad y tiempo, actividades propias de una época sin televisión. En las plazas tenían lugar las ceremonias y los sacrificios reservados sólo a las clases aristocráticas del imperio inca. Machu Picchu era un lugar secreto, un bastión perdido entre los Andes al que sólo tenían acceso los gobernantes, sus familias y supongo que los esclavos que traían pescado fresco cada día para los sacerdotes y los líderes con armaduras emplumadas.

     

    Alfonso y yo decidimos buscar una perspectiva diferente y tomamos aliento antes de llevar nuestro equipo de cámara a lo alto del Huayna Picchu. Ascendimos esa montaña que aparece altiva tras las ruinas en todas las postales. Aún conserva los escalones de piedra que construyeron los incas hace más de quinientos años. La subida es vertical y una fila de turistas se esforzaba por llegar a la cumbre. Allí, en lo alto, descansamos las piernas y el espíritu. Las ruinas de Machu Picchu se dibujaban abajo como una fortaleza ajena del mundo, con sus terrazas escalonadas descendiendo por las laderas o trepando hasta los últimos riscos. No vimos el cóndor sobrevolando la cordillera pero la vista era la misma que la que debía de tener aquella ave legendaria. Y grabamos su mirada.

     

    El cóndor tiene también su templo en la ciudad y es quizás el edificio más sorprendente. En el suelo aparece esculpido el cuerpo y la cabeza del ave. Un guía nos pidió que levantáramos la mirada y sobre las paredes descubrimos dos enormes rocas con la forma de las alas extendidas del cóndor. Cómo transportaron estas piedras gigantes hasta la cumbre de los cerros andinos es uno de los muchos misterios sin respuesta en Machu Picchu. La simbología, los detalles y el misticismo de estas ruinas nos escoltaron durante las horas que estuvimos paseando por sus calles centenarias. Después regresamos por la misma loma de la mañana y al mirar atrás ya no había nada, sólo montañas. La ciudad desapareció.

     

    El tren nos devolvió a Ollantaytambo y nuestro coche nos llevó hasta Cuzco. Respiramos el ambiente colonial de sus fachadas antes de emprender un camino que nos acercaría a la costa pacífica de Perú.

     

    Madrugamos conscientes de la jornada que nos esperaba. Teníamos la intención de alcanzar Nazca esa misma tarde y nos propusimos avanzar sin pausas. A escasos kilómetros de Cuzco no pudimos resistir parar el coche. Era imposible pasar de largo en un lugar que se había vestido con el folklore más vistoso del altiplano. En la localidad de Compone celebraban el día la Virgen de la Inmaculada y el pueblo entero había salido a la calle. Las procesiones nos cortaron el paso y los bailes se sucedieron con jóvenes luciendo máscaras y disfraces. Junto a la iglesia del pueblo tuvo lugar la puesta en escena más bulliciosa. El color y la teatralidad de las danzas formaban un jolgorio divertido. Un par de adolescentes se acercó para regalarme un pequeño escapulario de la Inmaculada, que me obligaba, según dijeron, a volver a Perú. Acepté encantado el compromiso. José Luis fotografiaba las escenas de faldas voladas, máscaras siniestras, bufones y movimientos alegres al ritmo de un humilde grupo de músicos locales.

     

    Una vez que supimos de forma irremediable que llegaríamos tarde, lo más aconsejable era resignarse a la realidad y conducir con calma. Nuestra ruta debía atravesar dos cordilleras, la Oriental y la Occidental en un camino que se retorcía entre las montañas. El termómetro se volvía loco y pude ver con asombro como oscilaba de 28º C en los valles a los -2º C en las rampas andinas de algunos tramos. No acertábamos con la ropa que debíamos ponernos y los vaivenes de la ruta sobre caminos de piedras nos impedían dormir. Paramos a cenar algo en un recóndito pueblo llamado Puquio. El hijo de la dueña era un niño de unos ocho años al que se le iluminaba el rostro con nuestra presencia. Tuve la imprudencia de hablar de las Navidades que ya estaban próximas y le pregunté por Santa Claus. “Lo que pasa -dijo el niño con una ternura que nos desarmó- es que a Papá Noël siempre se le olvida venir”. Era la realidad más triste de esos pueblos perdidos en las laderas de los Andes. 

     

    Una vez que superamos la segunda cordillera, sentimos un descenso vertiginoso proporcional al ascenso de la temperatura. Nazca nos recibió de madrugada.

     

    Me despertó una ola de calor que había olvidado en los recodos del Amazonas. El día era tan luminoso que cegaba y las calles de Nazca brillaban perdidas en aquel desierto que se apartaba de las montañas. No perdimos ni un minuto y salimos hacia el aeropuerto local. Varias avionetas ofrecían un paseo sobre la árida pampa. Aquel vuelo podría calificarse como absurdo de no ser porque sólo desde el aire se puede disfrutar del legado más extraño que nos dejaron los antiguos pobladores del continente. Las líneas de Nazca han despertado la curiosidad de los más escépticos. Se les supone más de mil años de antigüedad y fueron creadas por una civilización anterior a la inca.

     

    Desde el aire vimos las primeras formaciones excavadas en el paisaje, dibujos gigantescos que han quedado impresos en la llanura, cincelados por los antiguos pobladores de Nazca. Los primero que divisamos fueron unos triángulos en mitad de la nada. Luego las líneas perfilaban cóndores enormes, arañas, colibríes e incluso algo parecido a un humano con escafandra, como un astronauta. Pensé en el piloto peruano que las vio por primera vez desde el aire en 1927. Su conmoción debió de quitarle el sueño durante muchas noches. La civilización Nazca, que da nombre a la ciudad, eligió un lugar inexplicable para sus creaciones artísticas. Las líneas además han resistido a la erosión de una manera formidable y todo ello ha provocado la difusión de teorías rocambolescas. Muchos sostienen la conexión de esas líneas con seres extraterrestres, otros las asocian a un estudio astronómico y algunos aseguran que eran altares o lugares de peregrinación. El caso es que sigue siendo uno de los mayores misterios de la arqueología moderna. Es posible que sobreestimemos las intenciones de nuestros antepasados. A mí, desde el aire, me pareció que aquellos hombres hacían lo que un náufrago en una playa desierta: escribir grandes mensajes en la arena, un S.O.S. buscando el auxilio de los aviones. Sí, en aquella época no había aviones, pero esa civilización contaba siempre con la mirada del Dios Sol, por ejemplo, al que dedicaban cóndores gigantes y triángulos con los que reclamaban un poco de lluvia para su precaria agricultura. Bueno, es una teoría más.

     

    Con las cámaras llenas de líneas y misterios salimos de Nazca. Tomamos la carretera Panamericana que se acerca a la costa de Perú y recorre un paisaje hermoso, raro, desolador. El desierto de Paracas desemboca en las playas salvajes del sur de Perú. Las dunas llegan hasta la orilla y me impresionó ver el choque frontal de agua y desierto. El asfalto estaba invadido con frecuencia por la arena y la brusquedad de la sequía se extinguía con las olas. Adam saltaba feliz sobre las crestas de las dunas y me gritaba que aquello sí era auténtico y no las islas flotantes de Puno. Sí, era verdad, pero él nunca tendrá el recuerdo de un mundo de totora. Prefiero poder comparar que descartar por prejuicios.

     

    Nos acercamos a la estoica figura del volcán Misti a cuyos pies se extiende la ciudad de Arequipa. Aún no había caído la tarde y nos alojamos en el hotel Casa Andina. Los paseos errantes por ciudades coloniales siempre desembocan en sus plazas y la Plaza Mayor de Arequipa merecía una mirada tranquila. Era excepcional. Desde los soportales que rodean la plaza es más fácil admirar la Basílica Catedral enmarcada entre los arcos y las columnas. Al fondo, siempre, las cumbres nevadas del Misti. Arequipa tiene un equilibrio elegante, es más esbelta que Cuzco, más estilizada y más blanca. Concentra la gracia en sus fachadas luminosas, en sus monasterios, en sus iglesias y en sus plazas pero se ha olvidado de erigir un monumento a Vargas Llosa, su hijo predilecto.

     

    La ciudad ha logrado mantener la atmósfera del siglo XVI en su arquitectura y la armonía de su época de esplendor. El restaurante “La Terraza” nos ofreció las mejores vistas del casco urbano. Allí conocimos a Venecia, la dueña, que nos relataba con fervor las bondades de Arequipa, su calma, su historia, sus paisajes. El menú incluía cui, un conejillo con aspecto de rata y un sabor exquisito. Después, como el viento soplaba fresco en la terraza, nos prestaron un poncho peruano para acompañar la magia de aquel rincón. El pisco sour remató un almuerzo en el que volvimos a sentirnos privilegiados, con la Plaza Mayor luciendo su embrujo colonial.

     

    Por la tarde me acerqué al Museo Antropológico. Tiene varias salas en las que se exhiben cerámicas de los antiguos moradores andinos, zapatillas de esparto, fotografías antiguas y objetos recuperados de la cordillera. Pero el último apartado del museo se reserva toda la admiración. Tras unas cortinas negras, la luz tenue ilumina una vitrina que mantiene congelado el cuerpo de una niña en el momento de su muerte. La llaman Juanita y su historia es espeluznante. Allá por 1440 la niña se ofreció voluntariamente a una muerte prematura. Según los ritos sagrados, unos pocos elegidos vivirían en un paraíso después del autosacrificio. Una maza de cinco púas sesgó la vida de Juanita. Luego fue depositada en el agujero del volcán Ampato a 6.000 metros de altura, donde las nieves perpetuas lo conservan todo. Muchos años después, un movimiento sísmico devolvió a la luz a esa niña congelada que hoy se exhibe en el museo de Arequipa.

     

    José Luis llegó más tarde y fotografió con pudor el rostro de la niña, su gesto aterrorizado en el momento del golpe letal. El volcán había rescatado una historia olvidada en los confines de los Andes. Hay más cuerpos de niños congelados cuyas almas, quiero entender, disfrutan en cálidos paraísos.

     

    Esa misma noche salimos a cenar con la tranquilidad de haber terminado nuestro trabajo en Perú. Charlamos junto a la Plaza Mayor, donde la fuente de bronce hace brotar el agua que le falta a la árida pampa. Hablamos del trabajo, esperando que las imágenes grabadas fueran capaces de reflejar ese cúmulo de experiencias, la atmósfera de los pueblos y la herencia de los Hijos del Sol.

     

    El desierto nos acompañó hasta la frontera de Chile.

     

Ver como un Feed de noticias RSS en formato XML

Grab this swicki from eurekster.com

Sugerencias de viajes de la comundiad de MuchoViaje:

Viajes a África | Viajes a América del Norte | Viajes a América Central | Viajes a América del Sur
Viajes a Asia | Viajes a Europa | Viajes a Oceanía


Entradas EXPO

Powered by Community Server, by Telligent Systems